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Sociedad Historia de una huerta orgánica en Cerrito

Dos docentes rurales jubilados transformaron su pasión por enseñar en un proyecto de vida que abastece a cientos de familias

La huerta orgánica nació en 2021, por un proyecto municipal y ya abastece con verduras recién cosechadas a familias de distintas localidades, incluida Paraná. Miriam y Daniel cuentan cómo la pasión por la tierra, la educación y el trabajo, les permitió construir un proyecto de vida tras jubilarse.

23 de Julio de 2026
Huerta orgánica en Cerrito: la historia de dos docentes rurales.
Huerta orgánica en Cerrito: la historia de dos docentes rurales. Foto: (Elonce).

REDACCIÓN ELONCE

La huerta orgánica nació en 2021, por un proyecto municipal y ya abastece con verduras recién cosechadas a familias de distintas localidades, incluida Paraná. Miriam y Daniel cuentan cómo la pasión por la tierra, la educación y el trabajo, les permitió construir un proyecto de vida tras jubilarse.

La huerta orgánica en Cerrito comienza a despertar cuando todavía el sol apenas ilumina los invernaderos. Mientras algunas verduras esperan ser cosechadas y otras recién asoman entre los surcos, Miriam Cardoso y Daniel Francisconi recorren cada sector casi con el mismo cuidado con el que durante más de tres décadas caminaron las aulas de las escuelas rurales entrerrianas. Hoy ya no reparten cuadernos ni corrigen tareas.

Ahora cosechan lechugas, tomates, acelga, aromáticas y verduras frescas que, pocas horas después, llegarán a la mesa de familias de Cerrito, Paraná y localidades vecinas. Pero, en esencia, sienten que siguen haciendo lo mismo: trabajar con pasión y al servicio de los demás.

 

El emprendimiento se llama "El Desafío", un nombre que terminó describiendo mucho más que una huerta. Nació en 2021 a partir de una convocatoria de la Municipalidad de Cerrito para desarrollar producción hortícola en un predio destinado a ese fin.

De las tres familias que comenzaron el proyecto, hoy permanecen dos, cada una trabajando de manera independiente sobre su parcela. Miriam y Daniel eligieron quedarse. Y, con el paso de los años, transformaron aquella oportunidad en una nueva forma de vivir.

"Estamos en el Centro de Servicios de la ciudad de Cerrito, donde está nuestra huerta orgánica 'El Desafío'. El proyecto empezó en el año 2021 por la Municipalidad de Cerrito, que convocaba a gente para producir en el predio. En su momento, empezamos tres familias y quedamos dos, trabajando en forma independiente", relató durante la entrevista con Moviendo el Avispero, por ELONCE Radio & Stream FM 98.7.

 

De las aulas rurales a los surcos de una huerta

 

La historia, sin embargo, no empezó entre plantines ni invernaderos. Empezó muchos años antes, cuando ambos eligieron la docencia rural como proyecto de vida. Esa vocación es la que hoy sigue marcando cada decisión que toman.

Cuando le preguntan cómo nació el emprendimiento, Miriam sonríe y señala inmediatamente a su compañero de toda la vida. "El gusto por la huerta, sobre todo, fue de mi esposo Daniel. El inicio fue de tres familias juntas, con el asesoramiento del INTA, que nos indicaban qué hacer y qué no hacer".

 

Ese acompañamiento técnico fue fundamental durante los primeros meses. Aprendieron sobre variedades, épocas de siembra, manejo del suelo y producción agroecológica. Pero, como suele ocurrir con quienes dedicaron la vida a enseñar, también aprendieron investigando, preguntando y experimentando.

La producción comenzó con lo esencial: distintas variedades de lechuga, acelga, rúcula, espinaca y achicoria. Después llegaron los tomates, el repollo, los puerros, la berenjena, los verdeos y, más tarde, las aromáticas y plantas medicinales.

El crecimiento nunca respondió a un plan rígido, sino a una lógica muy simple: escuchar a quienes compraban. "Siempre se empezó con lo mismo que estamos trabajando ahora, después se fue anexando las tres variedades de tomate. Se trabaja repollo, puerro, verdeo, berenjena. Todo lo que se pueda producir y todo lo que la gente pide. Después se agregaron aromáticas, medicinales, plantas de interior, árboles frutales, rosales, macetas. Lo que la gente pide, lo traemos o lo conseguimos", contó Miriam.

 

Una forma distinta de producir alimentos

 

Aunque muchas veces el término "orgánico" se utiliza con liviandad, Miriam explica con absoluta claridad qué significa para ellos producir de esa manera. "Tratamos de no usar pesticidas, ni elementos químicos para combatir las plagas. Se hace todo lo más natural posible. Trabajamos con productos de línea verde, que nos acercan los ingenieros y que son orgánicos para tratar malezas y plagas".

 

No buscan vender una etiqueta, sino una forma de trabajar. Saben que la producción absolutamente orgánica es difícil de alcanzar porque, por ejemplo, riegan con agua de red. Pero el compromiso está puesto en reducir al mínimo el uso de químicos y privilegiar prácticas naturales en cada etapa del cultivo.

 

Ese cuidado tiene un reflejo inmediato en el producto que llega al consumidor. "La verdura se corta y se entrega. Como máximo pasan dos horas entre que se cortó y que llega al domicilio. Nosotros hacemos reparto desde Colonia Nueva, La Picada, Colonia Avellaneda, San Benito, Paraná y hasta Oro Verde".

La explicación continúa con un dato que resume buena parte de la fidelidad de sus clientes. "Hay gente que nos dice que una lechuga le dura entre veinte y veinticinco días en la heladera", aseguró con satisfacción.

 

 

La Municipalidad, el INTA y una apuesta que fue creciendo

 

Los primeros pasos de El Desafío estuvieron acompañados por el Estado local y por el asesoramiento técnico del INTA. Sin ese impulso inicial, reconocen, hubiera sido muy difícil comenzar una actividad que demandaba infraestructura, herramientas y conocimientos específicos.

 

Durante el primer año recibieron insumos y acompañamiento para poner en marcha la producción. Después, poco a poco, el emprendimiento comenzó a sostenerse con recursos propios, aunque el vínculo con la Municipalidad nunca dejó de existir. "Durante un año tuvimos todo eso gratis. Al año nos inscribimos, se empezaron a pagar los impuestos. A partir de ahí, nos empezamos a comprar nuestros propios insumos y desde el año pasado, pagamos el agua. Cada familia tiene su tanque y su medidor aparte", explicó Miriam, dejando en claro que el objetivo siempre fue construir un proyecto autosustentable.

 

Una comunidad que acompaña el crecimiento

 

El acompañamiento, sin embargo, no terminó cuando comenzó la etapa comercial. Cada vez que surgió un nuevo desafío, encontraron respuesta en la comunidad y en el municipio.

 

La docente jubilada recordó que uno de los proyectos más recientes consistió en elaborar bandejas con verduras frescas listas para el consumo, una propuesta pensada para responder a las nuevas demandas de los clientes. "Presentamos a la Municipalidad, el proyecto de preparar bolsitas o bandejas de verduras frescas. Les pareció muy interesante y nos dieron otro crédito para comprar todo lo necesario y empezar con ese emprendimiento. Acá la Municipalidad ayuda mucho. Nosotros necesitamos algo, vamos y le decimos, y siempre está", destacó a Elonce.

 

Ese respaldo institucional, sumado al esfuerzo cotidiano de ambos, permitió que la huerta fuera creciendo sin perder su esencia: producción a pequeña escala, atención personalizada y contacto directo con quienes consumen cada verdura.

 

"No vamos a ser millonarios": cuando la pasión vale más que la rentabilidad

 

La pregunta aparece inevitablemente. ¿Es rentable una actividad como esta? Miriam no duda ni un instante antes de responder. Y la sinceridad de su reflexión resume toda una manera de entender el trabajo. "Es más la pasión y el gusto, y el tener algo para hacer. No nos vamos a hacer millonarios, pero sí nos ayuda a la cajita de las jubilaciones. Es más la pasión, el estar ocupado, el estar haciendo algo, que la cabeza tenga algo en qué pensar y cansar el cuerpo".

 

No habla únicamente de números. Habla de sentido. De levantarse cada mañana sabiendo que hay semillas para sembrar, pedidos para preparar y clientes esperando una cosecha recién cortada. Y entonces la conversación cambia por completo. Porque detrás de la huerta aparece una historia que ninguno de los dos había mencionado al comienzo de la entrevista.

 

La huerta que los ayudó a volver a empezar

 

Hace tres años atravesaron uno de los golpes más duros que puede sufrir una familia: la muerte de uno de sus hijos. Durante unos segundos, Miriam hace silencio. Después explica por qué la huerta dejó de ser solamente un emprendimiento.

 

"Cuando uno pasa por situaciones difíciles, como el fallecimiento de un hijo, si no hubiera sido por la huerta, no hubiéramos salido adelante. El hecho de que sí o sí, te obligaban los mensajes a mandar los pedidos, porque nosotros manejamos todo por redes, te obligaba a estar acá, te obligaba a preparar pedidos, a responderle a la gente. Así la cabeza está ocupada, el cuerpo se cansa y a la noche dormís, aunque la cabeza siga trabajando".

 

No hay dramatismo en sus palabras. Hay agradecimiento. Como si cada planta hubiera sido, también, una forma de reconstruir la rutina cuando parecía imposible encontrarla.

 

Aprender otra vez: de los libros a las redes sociales

 

Paradójicamente, quienes enseñaron durante décadas tuvieron que volver a convertirse en alumnos. La tecnología, que durante buena parte de sus carreras era apenas una herramienta complementaria, pasó a convertirse en una aliada indispensable para sostener el emprendimiento.

 

"La escuela ya nos empezó a exigir muchas cosas por internet. Si bien no teníamos internet en la escuela, sí en la casa, entonces fuimos aprendiendo. Después, nuestro hijo más chico, nos fue orientando en muchas cosas. Y también, están esas ganas de aprender: entrar a las redes, investigar, buscar cómo hacer las cosas", contó Miriam al programa "Moviendo el avispero" que se emite por ELONCE Radio & Stream FM 98.7.

 

Hoy los pedidos llegan, en gran medida, a través de las redes sociales y la mensajería instantánea. Allí organizan las entregas, anuncian qué verduras están listas para cosechar y mantienen un vínculo cotidiano con clientes que, en muchos casos, los acompañan desde hace años.

 

Cada vez menos jóvenes quieren emprender

 

Después de hablar de tecnología, la conversación deriva naturalmente hacia las nuevas generaciones. La respuesta vuelve a sorprender por su franqueza. "No. No conseguís gente para que te ayude a trabajar o que quiera hacerlo. Cuando la Municipalidad hizo la convocatoria fue abierta y nos presentamos tres matrimonios de más de cincuenta años", lamentó Miriam.

 

No lo dice como una crítica. Lo expresa como una preocupación nacida de la experiencia. Porque sabe cuánto pueden enseñar la tierra, el trabajo diario y la paciencia que exige esperar cada cosecha.

 

 

"No hay que estacionarse": el consejo de quien nunca dejó de trabajar

 

Después de hablar de la huerta, de las verduras y de los clientes, Daniel Francisconi toma la palabra para responder una pregunta que va mucho más allá del emprendimiento: ¿qué le diría a alguien que quiere empezar de nuevo después de jubilarse?

 

La respuesta llega con la serenidad de quien pasó toda una vida trabajando. "Yo te puedo decir que sería constancia, dedicación y tener la voluntad de querer hacer algo, de no quedarte, de no estacionarte porque te jubilaste. Hay que moverse, salir, hablar. En este caso es un emprendimiento con algo físico y mental, porque tenés que estar pensando qué vas a sembrar, cómo lo vas a sembrar, cuándo lo vas a sembrar y hasta cuándo vas a tener esa producción para volver a sembrar. Es decir, tiene que gustarte", remarcó al dialogar con Elonce.

 

La reflexión sintetiza buena parte de la filosofía que ambos construyeron durante décadas como docentes rurales y que hoy trasladan a la producción hortícola. Para ellos, la jubilación nunca significó detenerse, sino encontrar otra manera de seguir siendo útiles.

Miriam retoma esa idea y la convierte en un mensaje que, según cuenta, repetía una y otra vez frente a sus alumnos y que todavía hoy comparte con los amigos de su hijo.

 

"Como les decía a mis alumnos, y se los sigo diciendo a los compañeros de mi hijo, ante todo, te tiene que gustar lo que vas a hacer. No importa la profesión o el oficio que elijas, porque todas son necesarias e importantes. Pero te tiene que gustar lo que hacés, porque si lo hacés por obligación no vas a salir adelante. Tenés que amar lo que hacés y ponerle ganas. Todo lo que se hace con ganas y con pasión, sale adelante", remarcó.

 

Una vida dedicada a enseñar

 

En realidad, la huerta no hizo más que prolongar una forma de vivir que ambos habían aprendido mucho antes. Daniel recuerda con emoción sus primeros años como maestro rural. Recién regresado del servicio militar, después de la Guerra de Malvinas, consiguió un cargo cerca de la casa de sus padres.

 

La rutina era exigente: viajaba a caballo, permanecía de lunes a viernes en la escuela y regresaba a su pueblo únicamente los fines de semana. "Fueron años lindos. Comencé a trabajar en una isla al sur de Concepción del Uruguay y después conseguí una escuela cerca de la casa de mi viejo. Viajaba a caballo y me quedaba de lunes a viernes en la escuela. Los viernes me iba para Las Garzas y volvía los domingos a la noche o los lunes a la mañana, según el turno", recordó.

 

Durante 31 años ejerció la docencia rural. Y hubo un momento que resume toda una carrera. "Al final terminé dando clases a los hijos de mis antiguos alumnos. Eso era muy lindo", recuerda con orgullo en su charla con el programa "Moviendo el avispero" que se emite por ELONCE Radio & Stream FM 98.7.

 

Los bailes de Almafuerte, el caballo y los caminos de barro

 

La historia de amor entre Miriam y Daniel también nació alrededor de la educación. Ella egresó de la Escuela Normal Rural Almafuerte.

Él, de la Escuela Normal Rural Juan Bautista Alberdi. Y fue justamente un baile organizado por Almafuerte el que terminó cambiando sus vidas.

"Él es alberdino y yo soy de la Escuela Almafuerte. La culpa de habernos conocido la tienen los famosos bailes de la Escuela Almafuerte. Estuvimos de novios un año y ocho meses, nos casamos y hace 41 años que estamos casados", cuenta entre risas a Elonce.

 

La anécdota da paso rápidamente a otra mucho más reveladora sobre lo que significaba ejercer la docencia rural hace cuatro décadas. "Mi primera suplencia llegué a caballo. Nunca había andado a caballo. Imagínense: diez kilómetros de ida y diez de vuelta, entre el barro. Cuando llegué a casa le dije: 'No voy más a caballo. Me voy caminando, pero a caballo no', porque le tenía miedo", afirmó Miriam.

Aquellos caminos de tierra marcaron buena parte de sus vidas.

 

Miriam recuerda que, cuando estaba embarazada de su segundo hijo y el mayor apenas tenía un año y medio, debía caminar más de diez kilómetros entre el barro para cobrar el sueldo en Paraná y hacer las compras necesarias antes de regresar a la escuela.

"Calzaba al muchachito en la cadera, llevaba el bolso y entraba caminando los diez u once kilómetros entre el barro para volver a la escuela a trabajar. Así fue durante muchos años nuestra carrera docente. Siempre el sueldo fue poco, era una profesión sacrificada, pero la hacíamos con gusto. Si hoy me preguntan si volvería a hacer todo eso, lo vuelvo a elegir", remarcó con seguridad.

 

Los alumnos, el legado más valioso

 

Cuando les preguntan cuál fue la mayor recompensa que les dejó la docencia, ninguno menciona cargos, ascensos ni reconocimientos.

Los dos responden lo mismo. Los alumnos. "Tenemos alumnos profesionales que todavía nos escriben para el Día del Maestro o para el Día de la Madre. Y cuando pasamos momentos difíciles, como el fallecimiento de nuestro hijo, muchos estuvieron con nosotros. Ahí uno se da cuenta de que hizo algo bien, porque si no, ni se acordarían".

 

Los recuerdos se multiplican. Miriam habla de una escuela en la que permaneció quince años. Dice que allí crecieron sus hijos menores.

Que era su casa. Y que, cuando llegó un plan para mejorar el edificio, decidió hacer algo que jamás figuró entre sus obligaciones.

"Con mi hijo Sebastián pintamos la escuela entera, por dentro y por fuera, sin que nadie nos pagara nada. La escuela de Daniel también la pintamos entre nosotros. Eran edificios grandes, pero se hacía con amor, porque uno amaba el lugar y amaba la profesión", relató.

 

Una huerta que sigue enseñando

 

Hoy ya no esperan el timbre que anuncia el comienzo de una clase. Esperan el momento justo para cosechar una lechuga, preparar un pedido o cargar la camioneta rumbo a Paraná. Sin embargo, la esencia sigue siendo la misma.

 

Miriam sonríe cuando explica por qué las entregas, que podrían resolverse en tres horas, terminan ocupando casi toda la jornada. "Nosotros repartimos en Paraná y lo que tendríamos que terminar en tres horas lo hacemos en siete, porque con todo el mundo nos ponemos a charlar. Nos preguntan cómo combatir una plaga, cómo cuidar las rosas, hablamos de la vida, hacemos catarsis. Es el amor a lo que uno hace. Nada más. Es eso".

 

La frase parece resumir toda la entrevista. La huerta produce verduras. Pero también produce encuentros. Produce conversaciones. Produce tiempo compartido. Produce comunidad. Y, sobre todo, mantiene viva la vocación de dos docentes que encontraron una nueva aula entre los surcos.

 

Antes de despedirse, Miriam vuelve sobre la idea que atravesó toda la charla y que terminó convirtiéndose en el verdadero hilo conductor de su historia. "Nosotros somos docentes rurales jubilados y siempre en las escuelas hacíamos este tipo de cosas. Él con la huerta y la quinta; yo con las plantas y las flores. No todo rinde en cuestión monetaria como uno quisiera, pero te tiene que apasionar lo que hacés", dijo al programa "Moviendo el avispero" que se emite por ELONCE Radio & Stream FM 98.7.

 

Quizá esa sea la mejor definición de "El Desafío". No solamente una huerta orgánica en Cerrito. Sino el lugar donde dos maestros rurales demostraron que la pasión por enseñar puede seguir floreciendo mucho después de la jubilación.

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