REDACCIÓN ELONCE
El trabajo hortícola en Paraná todavía guarda historias que parecen resistir el paso del tiempo. En una zona de la capital entrerriana donde el crecimiento urbano avanzó sobre antiguos espacios productivos, Enrique Livoni mantiene viva una quinta familiar heredada de generaciones de inmigrantes.
El trabajo hortícola en Paraná encuentra en Enrique Livoni uno de esos ejemplos que reflejan la persistencia de la agricultura familiar. Lejos de los grandes establecimientos agropecuarios y de la tecnología de última generación que caracteriza a buena parte del sector, el productor desarrolla su actividad en apenas dos hectáreas ubicadas en el barrio Paracao, sobre avenida Ramírez, frente a la Escuela El Madero.
Allí, entre surcos, herramientas antiguas y cultivos de temporada, Livoni continúa una tradición que comenzó mucho antes de que la ciudad creciera a su alrededor. Su historia es también la historia de muchas familias que encontraron en la tierra una forma de vida y que hoy enfrentan desafíos económicos, sociales y productivos cada vez más complejos.
Una quinta familiar que atraviesa generaciones
Cuando se le pregunta cómo nació su vínculo con la producción, Enrique no duda en remontarse varias generaciones atrás. Su relato está profundamente ligado a la historia de su familia y a la llegada de sus antepasados europeos a Entre Ríos.
“Lo hicieron ya mis bisabuelos italianos, que vinieron ellos de sus países y después lo siguió mi abuelo, mi papá que todavía vive, lo hizo hasta no hace muchos años y después quedó la quinta”, recordó durante la entrevista.
La continuidad de esa tradición familiar fue casi natural. Cuando su padre dejó de trabajar por cuestiones de edad, Enrique tomó la posta y decidió continuar con una actividad que conocía desde niño. Sin embargo, el camino no fue sencillo ni estuvo exento de sacrificios.
Sus primeros pasos al frente de la producción fueron modestos. “Empecé a hacerlo con dos caballos que había acá y después logré comprar un tractor viejo. De a poquito lo fuimos haciendo andar y llegamos a poder sembrar y trabajar con mejores herramientas”, relató.
Del caballo al viejo tractor
La imagen de Enrique trabajando con herramientas antiguas contrasta con la agricultura moderna que domina gran parte de la producción nacional. Sin embargo, para él cada avance representó un logro significativo.
En la quinta todavía pueden observarse implementos que hace décadas eran comunes en el trabajo rural y que hoy prácticamente han desaparecido. Arados de rejas, implementos de mancera, herramientas originalmente diseñadas para ser tiradas por caballos y un antiguo tractor John Deere forman parte del paisaje cotidiano.
Lejos de considerarlas reliquias, Livoni las utiliza diariamente para desarrollar su actividad. Son herramientas que conoce perfectamente y que le permiten mantener la producción activa sin realizar inversiones imposibles de afrontar para una explotación de pequeña escala.
La historia de ese viejo tractor resume buena parte de su filosofía de trabajo. En lugar de esperar condiciones ideales o recursos extraordinarios, decidió aprovechar lo que tenía a disposición y avanzar paso a paso. Esa lógica lo acompaña hasta el presente.
Una rutina dividida entre dos trabajos
La producción hortícola no constituye el único ingreso económico de Enrique. Como sucede con muchos pequeños productores, necesita complementar la actividad rural con otro empleo. “Soy jubilado camionero. Sigo trabajando en un frigorífico encargado de carga y, en el tiempo libre que tengo, me dedico a sembrar”, explicó.
Su jornada diaria está cuidadosamente organizada para cumplir con ambas responsabilidades. Por la mañana trabaja en la quinta. Luego se traslada a cumplir funciones en el frigorífico y vuelve a dedicar tiempo al campo cuando puede. “Y unas seis horas casi siempre, tres de mañana, tres de tarde”, señaló al describir su rutina habitual.
A diferencia de otros empleos, la producción hortícola no entiende de feriados ni fines de semana. Cuando llega el momento de sembrar o cosechar, el trabajo debe realizarse sí o sí. “Acá se hace los sábados, domingo y no hay feriado. Una vez que está en la cosecha, hay que levantarla sí o sí”, afirmó.
El secreto para labrar la tierra
La frase que dio origen al eje central de la entrevista surgió al hablar sobre el manejo agronómico de la quinta. Mientras buena parte de la producción moderna depende de insumos externos, fertilizantes y aplicaciones químicas, Enrique sostiene un método mucho más tradicional.
“No se usa casi agroquímico ni fertilizante, ya que tengo una escuela enfrente”, explicó. La proximidad de zonas urbanas y la presencia de una institución educativa condicionan ciertas prácticas productivas, pero también fortalecieron una forma de trabajo basada en métodos históricos.
“Hacemos a lo que se hacía antes, se siembra natural, sin ponerle nada, así que compramos buenas semillas y después todo lo otro se hace a pulmón”, resumió.
La definición sintetiza una filosofía construida durante años. Para Livoni, el éxito de una producción depende de una combinación de factores simples: buena genética, dedicación diaria y conocimiento del suelo. Cada cultivo requiere preparación previa, observación constante y una importante inversión de trabajo manual. La tecnología ayuda, pero no reemplaza la experiencia acumulada.
La importancia de preparar bien el suelo
Uno de los aspectos que más destaca Enrique es el cuidado de la tierra. Considera que la calidad del suelo constituye la base de cualquier producción exitosa. Por esa razón realiza rotaciones y prácticas destinadas a mejorar la estructura del terreno. Entre ellas se encuentra la siembra de trigo como cultivo de cobertura.
“Le siembro trigo y cuando está a punto de florecer lo cómo es, lo aro, lo mando abajo para abono de la tierra”, explicó. El objetivo es generar materia orgánica y mejorar las condiciones físicas del suelo. Según indicó, esa práctica permite obtener una tierra más liviana y fácil de trabajar.
“Entonces, no sirve no sirve esa clase de tierra. Tiene que ser más más fina la tierra, mejor trabajada”, afirmó. Detrás de esa reflexión existe una mirada productiva construida sobre décadas de observación. La tierra no es simplemente un soporte para los cultivos; es el principal patrimonio de cualquier productor.
Batatas gigantes que sorprendieron a todos
La visita de “Moviendo el Avispero” tuvo como disparador un hecho muy particular. Enrique había logrado cosechar batatas de dimensiones extraordinarias. Algunas de ellas superaron ampliamente el tamaño habitual de comercialización y llegaron a convertirse en noticia local.
“Es una batata amarilla. No sé si ha sido cruza con alguna otra clase de batata híbrida, pero sí me ha sorprendido porque hacía mucho tiempo que no veía de ese tamaño. Hemos sacado hasta 5.600 gramos”, contó.
Las imágenes de esas batatas despertaron curiosidad y admiración. Sin embargo, para el productor la situación también implicó un problema comercial. Aunque los consumidores se sorprenden al verlas, el mercado demanda tamaños más uniformes y fáciles de vender en verdulerías. “Nadie la lleva a la verdulería”, reconoció.
Cuando un logro productivo se convierte en una dificultad
Paradójicamente, las batatas gigantes representan una pérdida económica. Mientras muchas personas consideran que un producto más grande implica una mejor cosecha, la realidad comercial es diferente. Los compradores prefieren piezas medianas y homogéneas. “Para las verdulerías dejo de tamaños inferiores, que sean más parejas”, explicó.
Las de mayor tamaño suelen quedar fuera de los circuitos habituales de venta, a pesar de encontrarse en perfectas condiciones para el consumo. Esa situación refleja una de las tantas dificultades que enfrentan los pequeños productores, quienes deben adaptarse permanentemente a las exigencias del mercado.
Las causas detrás de una cosecha extraordinaria
Consultado sobre las razones que explican semejante crecimiento, Enrique identificó varios factores. El primero fue el régimen de lluvias registrado durante la temporada.
“Y un poco ha sido por la gran cantidad de lluvia que hemos tenido”, sostuvo. También destacó el trabajo previo realizado sobre el suelo. “El preparado de la tierra estaba muy linda la tierra, bien preparada”, agregó.
Finalmente, señaló un detalle técnico que terminó potenciando el tamaño de las raíces. “Las plantas muy lejos una de la otra”, explicó, indicando que la mayor separación permitió que cada planta dispusiera de más espacio y recursos para desarrollarse.
El problema de la rentabilidad
Más allá de las particularidades de la cosecha, Enrique insistió en una preocupación que atraviesa a buena parte de la agricultura familiar: la baja rentabilidad. Según manifestó, la diferencia entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor final continúa siendo muy amplia.
“Siempre el productor es el que menos gana”, expresó. La frase resume un sentimiento compartido por numerosos pequeños agricultores que observan cómo aumentan sus costos mientras sus ingresos permanecen limitados.
Semillas, combustible, lubricantes, repuestos y mantenimiento representan gastos permanentes que deben afrontarse independientemente de los resultados productivos. Por esa razón, muchas explotaciones familiares desaparecieron durante los últimos años.
La solidaridad como parte de la producción
Lejos de desechar la mercadería que no puede comercializar, Enrique intenta darle un destino útil. “Eso lo doy”, dijo al referirse a las batatas excesivamente grandes y otros productos que quedan fuera de los estándares de mercado.
Algunas son retiradas por vecinos, otras terminan alimentando animales y muchas veces son entregadas a personas que las necesitan. Incluso manifestó su deseo de que instituciones comunitarias puedan aprovechar esos alimentos.
“Sería bueno que le vendría alguien, algún comedor o algo que lo pudieran utilizar”, señaló. La propuesta revela una mirada solidaria que busca evitar desperdicios y generar un beneficio social.
Una ciudad que avanzó sobre el campo
La historia de Enrique también permite observar la transformación territorial de Paraná durante las últimas décadas. Lo que hoy es una zona urbana alguna vez estuvo rodeado de quintas, chacras y espacios productivos.
“Esto sí era todo campo”, recordó. La expansión de la ciudad modificó profundamente el paisaje y redujo la superficie disponible para actividades agrícolas.
“Hoy en día ya se ha estirado la ciudad y se va terminando la actividad de quintas”, lamentó. Ese proceso se repite en numerosas localidades argentinas, donde el crecimiento urbano avanza sobre áreas históricamente destinadas a la producción.
El progreso y sus consecuencias
A pesar de las dificultades que enfrenta, Enrique no adopta una postura nostálgica ni rechaza los cambios. Por el contrario, reconoce que el desarrollo urbano forma parte de una evolución inevitable.
“El progreso es bueno, siempre ha sido bueno”, afirmó. Sin embargo, considera que debería existir una mayor posibilidad para que los pequeños productores puedan relocalizarse y continuar desarrollando su actividad.
La convivencia entre zonas urbanas y producción agropecuaria presenta desafíos crecientes relacionados con la fumigación, el tránsito y las normas ambientales. En ese contexto, muchos productores se ven obligados a abandonar la actividad o trasladarse a lugares más alejados.
El futuro de la agricultura familiar
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista surgió cuando habló sobre la continuidad generacional. Aunque su familia lleva décadas vinculada a la tierra, Enrique no cree que las nuevas generaciones continúen el mismo camino.
“No creo que sigan porque los chicos tienen la cabeza puesta en otra cosa”, expresó. Su reflexión no contiene reproches. Más bien refleja una realidad económica y social que transformó las expectativas de los jóvenes.
Para él, la educación representa una herramienta fundamental para acceder a mejores oportunidades laborales. “Hoy si no estudian no hay futuro”, sostuvo.
Un mensaje para los jóvenes
Antes de finalizar la entrevista, el productor compartió una reflexión destinada especialmente a las nuevas generaciones. Recordó que abandonó el hogar siendo muy joven y que construyó su camino a partir del trabajo constante.
“Yo me fui de acá teniendo 18 años y me crié solo”, relató. Desde esa experiencia personal, alentó a los jóvenes a esforzarse y aprovechar las oportunidades de formación.
“El que puede estudiar y hacer una carrera, le digo que la siga”, afirmó. Al mismo tiempo, remarcó que ninguna situación difícil debe transformarse en un motivo para abandonar los objetivos.
Una historia de esfuerzo que resiste al tiempo
La historia de Enrique Livoni trasciende la producción de batatas gigantes o la curiosidad que generan sus herramientas antiguas. Representa el testimonio de un sector que continúa trabajando silenciosamente para abastecer de alimentos a las ciudades.
En un contexto donde la agricultura suele asociarse con grandes extensiones, maquinaria sofisticada y desarrollos tecnológicos, su experiencia recuerda que todavía existen productores que sostienen la actividad mediante el conocimiento transmitido de generación en generación.