"Creemos que va a ser un fenómeno muy importante, quizás semejante al de 1997-1998", explicó Juan José Neiff, investigador del CONICET.
"Superniño". El escenario climático global comienza a encender señales de alerta y el Nordeste Argentino (NEA) podría quedar en el centro del impacto. Juan José Neiff, investigador principal del CONICET y referente en ecología de humedales, advirtió que se está configurando un evento del Niño de gran magnitud, con potenciales consecuencias en forma de lluvias intensas, crecidas de ríos y eventos meteorológicos extremos.
El especialista sostuvo que los datos actuales del océano Pacífico ecuatorial no dejan margen para dudas: el fenómeno ya está en gestación. "El pronóstico que recibo de la Universidad de Columbia indica que se está definiendo el Niño", afirmó, al tiempo que detalló que la temperatura superficial del mar, en los primeros 100 metros de profundidad, ya se ubica alrededor de dos grados por encima del promedio histórico de los últimos 30 años.
Este dato no es menor. Según explicó, cuando esa anomalía térmica supera el umbral de medio grado, se considera que el sistema climático entra en fase del Niño. En este caso, los valores no solo superan ampliamente ese límite, sino que podrían alcanzar los +3 grados hacia fin de año o comienzos de 2027. "Eso implica un aumento muy importante de la evaporación y, por lo tanto, de las lluvias", señaló.
El impacto más directo de este proceso se daría en la Cuenca del Plata, donde un incremento en la humedad atmosférica podría traducirse en precipitaciones por encima de lo normal. "Esto significaría mucha agua en la región", resumió Neiff, anticipando un escenario con posibles crecidas de los ríos Paraná y Paraguay.
El investigador explicó que el Niño y su contraparte, la Niña, forman parte de un sistema climático global complejo, en el que interactúan la radiación solar y la temperatura de los océanos. Dado que los mares cubren cerca del 78% de la superficie terrestre, allí se produce la mayor parte de la evaporación que luego se traduce en lluvias sobre los continentes.
"Las lluvias son consecuencia del calentamiento del agua. Cuando hay mayor radiación solar, aumenta la evaporación y eso se traduce en más precipitaciones", indicó a UNNE Medios. En ese contexto, explicó que El Niño está asociado a períodos de mayor disponibilidad de agua, mientras que La Niña genera condiciones opuestas, con sequías prolongadas como las registradas entre 2019 y 2023.
Si bien estos eventos no siguen un patrón rígido, suelen repetirse cada dos a siete años. La clave, según Neiff, no está solo en cuánto aumenta la temperatura del océano, sino en cuánto tiempo se mantiene elevada. "Eso es lo que determina el volumen de lluvias y la magnitud del fenómeno", precisó.
De acuerdo con modelos internacionales, como los desarrollados por la Universidad de Columbia y la NOAA de Estados Unidos, el fenómeno se consolidaría entre mayo de este año y fines de 2026, con posibilidad de extenderse hasta comienzos de 2027.
En ese marco, el ecólogo no descartó que se trate de un evento comparable al histórico Niño de 1997-1998, uno de los más intensos registrados.
Aquel episodio dejó huellas profundas en la región. En Corrientes, por ejemplo, cerca del 35% del territorio provincial resultó afectado por inundaciones, mientras que ciudades como Goya sufrieron anegamientos severos. Ese antecedente funciona hoy como referencia para dimensionar los posibles impactos.
El especialista destacó que estos pronósticos se sustentan en múltiples fuentes de información. "La Universidad de Columbia trabaja con más de 30 modelos distintos, y todos coinciden en un escenario del Niño", explicó. Además, recordó que desde 1991 se realizan mediciones sistemáticas de la temperatura del mar en la franja ecuatorial, lo que permite contar con una base sólida de datos para este tipo de análisis.
Impacto en la vida cotidiana
Más allá de las lluvias, Neiff subrayó que los efectos de un evento de esta magnitud atraviesan múltiples dimensiones. "El transporte, la energía, el agua, el turismo y el agro están completamente regulados por estos fenómenos", afirmó.
En el plano sanitario, también pueden surgir complicaciones. Si bien evitó caer en alarmismos, reconoció que el aumento de la humedad favorece la proliferación de mosquitos y, con ello, de enfermedades como dengue o leptospirosis. "Es lógico que ocurra, pero no hay una relación automática. Hay que alertar, pero no alarmar", aclaró.
Uno de los puntos más sensibles señalados por el investigador es la situación de las ciudades ubicadas en zonas bajas, como Resistencia, Clorinda o Reconquista. En estos casos, el riesgo no proviene únicamente de la crecida de los ríos, sino también de la acumulación de agua por lluvias intensas.
"Son lugares que funcionan como una palangana: pueden inundarse tanto por el río como por la lluvia local", graficó. En ese sentido, advirtió que la infraestructura urbana juega un rol determinante. Sistemas de desagües, estaciones de bombeo y defensas costeras pueden mitigar los impactos, pero tienen límites frente a eventos extremos.
Al respecto, mencionó que las obras hídricas realizadas en Corrientes mostraron buenos resultados en episodios recientes, aunque advirtió que un evento de mayor magnitud podría superar esas capacidades. "Cuando se sobrepasa cierto umbral, hay situaciones que no pueden preverse", sostuvo.