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Sociedad Salud mental y concientización

Día Mundial contra la Depresión: señales de alerta de una enfermedad que no es solo tristeza

En el Día Mundial contra la Depresión, especialista advirtió que se trata de una enfermedad compleja y multicausal, que muchas veces no se manifiesta con llanto o angustia. Cuáles son las señales menos visibles y por qué reconocerlas a tiempo mejora el abordaje.

13 de Enero de 2026
Depresión, las señales de alerta
Depresión, las señales de alerta Foto: archivo / ilustrativa

En el Día Mundial contra la Depresión, especialista advirtió que se trata de una enfermedad compleja y multicausal, que muchas veces no se manifiesta con llanto o angustia. Cuáles son las señales menos visibles y por qué reconocerlas a tiempo mejora el abordaje.

Cada 13 de enero se conmemora el Día Mundial contra la Depresión, una fecha impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Federación Mundial de Salud Mental con el objetivo de visibilizar una enfermedad que afecta a millones de personas en todo el mundo y que, advierten los especialistas, no debe reducirse únicamente a la tristeza.

 

En relación al tratamiento, distintos estudios científicos señalaron que no todos los pacientes responden de igual manera a los antidepresivos. Esa eficacia relativa no implica discutir la importancia de la medicación ni negar que en casos muy específicos y desde ya los de riesgo, es necesaria.

Según planteó el especialista en temas de salud mental, Enrique De Rosa Alabaster, el punto es otro: ese planteo señala algo claro y es que la palabra depresión se usa como si nombrara una cosa única, pero en la práctica clínica nos encontramos con una presentación semiológica muy diversa.

 

Entender sin simplificar ni relativizar

 

Así, distintas personas, con causas y mecanismos distintos, pueden terminar bajo el mismo rótulo, aun cuando lo que sea común sea un solo elemento como por ejemplo la tristeza o la anhedonia. De hecho, dos pacientes con “depresión” pueden requerir estrategias casi opuestas pero, basado en un pensamiento inductivo, recibir la misma. La pregunta ya no es solo por qué pasa esto, sino qué cuadro, qué vivencia personal estamos tratando cuando decimos “depresión” en 2026.

 

Si bien la concepción clásica académica y la perpetuada por guías de clasificación es útil para comunicarse, no lo es necesariamente para ayudar y comprender el sufrimiento de quienes padecen esa condición única y personal, pero que se entiende de manera difusa, explicó De Rosa Alabaster en un texto publicado por Infobae.

 

La depresión no es sólo tristeza

 

Dicho de otra manera: es evidente que no toda depresión es llanto o desesperación, y es esto lo que a veces desconcierta: no siempre hay tristeza dramática. Muchas veces aparece como fatiga, sueño alterado, dificultades cognitivas y/o pérdida de sentido y motivación.

 

Si la miramos en su diversidad propia a cada individuo, De Rosa Alabaster advirtió que la depresión deja de ser una etiqueta que nos conforma, y en realidad nos encierra, y empezamos a entenderla como un estado del sistema del ser: el cuerpo se desregula y la mente pierde tracción, es decir capacidad de acción como si el motor estuviera encendido y, sin embargo, nada avanzara.

Una forma útil de pensarlo es ver a estos cuadros que englobamos dentro de la denominación depresión como un estado en el que falla la regulación del sistema, no como esencia del ser, y que afecta así el sueño, la energía, la respuesta al estrés y, al mismo tiempo, se pierde la capacidad de valorar nuestra vida y el medio, es decir qué vale la pena, qué nos moviliza, qué permite trazar planes o ilusiona.

 

Llamar a todo eso “depresión”, es tratar lo que implica la palabra como si fuera el problema principal. Para el especialista, la pregunta no es si “¿tengo depresión?”, sino esta: ¿qué se desreguló/alteró en mí para que el sistema haya entrado en modo supervivencia?

 

Para entenderla sin banalizarla, De Rosa Alabaster indicó que conviene mirar dos líneas conceptuales. La primera es la regulación del cuerpo: el organismo intenta mantener equilibrio bajo presión alostática y, cuando esa carga se vuelve crónica por estrés sostenido, sueño fragmentado, enfermedades psicosomáticas, inflamación, sedentarismo, uso de tóxicos (alcohol, fármacos, drogas), aislamiento, el costo de regularse sube y aparecen fatiga, sueño no reparador, dolores difusos, cambios de apetito, enlentecimiento o agitación.

 

La segunda variable es la valoración, la capacidad de encontrarle sentido y el sistema calcula (a la baja) “¿esto vale la pena?”; así cae el interés y el placer, finalmente por todo. En esa pérdida de sentido valorativo se instala la duda bajo forma de rumiación: la mente busca explicación, pero se queda atrapada en un constante loop.

 

 

Señales de alerta a tener en cuenta

 

Este modelo es coherente con varios enfoques dimensionales que miran dominios funcionales (cognición, regulación de la alerta, aspectos sociales) más que cajas rígidas. Por otro lado, permite detectar mejor áreas de trabajo, que no son enemigos contra los que hay que luchar, sino pueden ser síntomas señal de extrema utilidad terapéutica.

 

En clínica se registran varias de esas manifestaciones, pero que podrían ser circunscriptas en las siguientes: el sueño (insomnio, despertares, sueño no reparador), la energía (fatiga, lentitud), el placer y el interés (anhedonia: nada “tira”), el pensamiento (rumiación, culpa, autocrítica automática), el cuerpo (dolor, apetito, tensión, libido, digestión) y el vínculo/sentido con el medio (desconexión, vergüenza, pérdida de dirección).

 

Por eso, hay diferentes depresiones que desde afuera parecen iguales y, sin embargo, no lo son. Una por ejemplo es la del “estoy agotado”: la persona duerme mal hace meses, se despierta cansada, tiene modificaciones del apetito o falta de energía, el cuerpo pesa; ahí puede dominar cuerpo/sueño/energía y, en un creciente subgrupo, vemos un componente inmuno-metabólico como es la inflamación y la disfunción metabólica.

 

Otra puede ser la de quienes expresan “no siento nada”, es decir la persona funciona, pero sin deseo, sin disfrute, ni expectativa; lo que no funciona o está desregulado es el sistema de recompensa y por ende placer.

 

Otra puede ser aquel que “no puedo parar la cabeza”, en donde la rumia adquiere por momentos características alienantes y los síntomas se realimentan entre sí, por ejemplo, mal sueño, la fatiga, irritabilidad, culpa, más insomnio.

 

 

Mirar la depresión sin estigmas

 

Según De Rosa Alabaster, en este punto es donde esa sintomatología nos indica que nuestra modalidad existencial y su carga alostática, es decir, el costo fisiológico de sostener las demandas del medio, no son sostenibles por nuestro psiquismo y especialmente nuestra fisiología. De alguna manera, desde esta concepción, la desconexión/depresión es un modo de protección, pero que se volvió crónico.

 

La etiqueta englobadora “depresión” casi inevitablemente lleva a una solución única y también general, un anti de eso que nombro. Cuando por el contrario se toma una perspectiva más ligada a áreas, ya no se empieza por un todo, sino por aspectos y dificultades específicas.

Así, por ejemplo, si el aspecto dominante es el de la alteración del sueño y la energía, en la evaluación médico clínica se impone evaluar los hábitos, patrones de sueño, etc. Si el aspecto o la demanda preponderante es la rumiación, el trabajo sobre estrategias cognitivas específicas puede ser el más apropiado; en el caso que fuera la apatía/anhedonia, las acciones pequeñas, repetidas, para reactivar el circuito de recompensa puede ser una vía.

 

De manera general, pensando en esas variables, una estrategia mínima de base podría ser: regenerar el sueño ya que reorganiza todo el sistema; mover el cuerpo; recuperar una acción con sentido por día para reconectar con la valoración y la recompensa; bajar el “ruido” emocional (noticias, redes, etc.), con espacios de silencio reales; atender alimentación, tóxicos y medicamentos. Al mismo tiempo, empezar a prestar atención a señales que no son tomadas como de importancia, en la preeminencia casi exclusiva dada a la tristeza.

 

Dormir y seguir cansado, o notar irritabilidad en aumento con baja tolerancia, rumiación en temas negativos, mente pegada en lo negativo, dolores erráticos de origen poco claro, aislamiento, falta de “ganas”, pueden ser algunos elementos, entre otros, a prestarle atención. En función de ello, acceder a una ayuda profesional pero ya no desde una generalidad, sino un inicio de algo concreto, permite recuperar cierto grado de control.

 

En conclusión, la depresión existe y es una situación que afecta a una parte enorme de la población mundial. Los psicofármacos son extraordinarios aliados, pero reducir la existencia a una etiqueta, más allá de la necesaria para comunicar, es perder una vía de acceso valiosa. Si la entendemos como un estado del sistema, con subsistemas determinantes, deja de ser una condena abstracta y se convierte en un mapa que permite planificar acciones concretas.

Temas:

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