Padres, alumnos y docentes trabajaron codo a codo para pintar, limpiar y reparar lo dañado en la Escuela María Reina Inmaculada de Paraná. Con manos propias y donaciones del barrio, comenzaron a poner de pie el edificio tras el robo sufrido a fin de año.
La Escuela María Reina Inmaculada, en el corazón del barrio Macarone de Paraná, volvió a llenarse de vida este jueves. Después del golpe que significaron el robo y los destrozos sufridos el 31 de diciembre, la comunidad educativa decidió responder con trabajo y solidaridad. Docentes, familias y chicos se unieron “por amor a los gurises” para reconstruir lo que la violencia había dañado.
Se recodará que la jornada comenzó el miércoles con una colecta abierta en el barrio y continuó este jueves con manos a la obra. Baldes de pintura, bolsas de arena, piedras, puertas y sanitarios empezaron a llegar gracias a aportes particulares. No hubo grandes empresas ni campañas masivas: fueron vecinos, padres y amigos quienes sostuvieron la iniciativa.
Carina, docente del establecimiento, describió lo vivido con la voz atravesada por la emoción. Contó a Elonce que “la convocatoria superó las expectativas, todas las donaciones recibidas fueron fruto de la solidaridad”. Además, explicó que eligieron realizar la colecta en el playón del barrio para que quedara claro que se trataba de una acción nacida y sostenida por la propia comunidad de Macarone.
Del dolor a la alegría colectiva
La docente relató que la camioneta de Omar, el ordenanza de la escuela, recorrió distintos puntos de la ciudad para retirar donaciones ofrecidas por vecinos. Incluso llegaron aportes desde Oro Verde: arena, piedras, puertas, una bacha para el baño, griferías y otros materiales que habían sido sustraídos durante el robo.
“Hace unos días llorábamos por la angustia de ver la escuela así. Hoy las lágrimas son de felicidad”, expresó Carina al observar a los padres y a los propios alumnos trabajando codo a codo. Destacó que muchos chicos, aun en receso, se acercaron voluntariamente a colaborar, y que ver esas manos pequeñas pintando y limpiando fue una de las imágenes más conmovedoras de la jornada.
También señaló que, gracias a transferencias y aportes en efectivo, pudieron comprar pintura e impermeabilizantes para el techo. “Siempre va a faltar algo, pero cada granito de arena suma. Los papás se están poniendo la escuela al hombro”, afirmó, agradecida.
Carina, maestra de nivel inicial desde hace años, confesó que es fácil emocionarse en momentos así. Explicó que dedica su tarea diaria a formar “semillitas” y a transmitir valores, y que jornadas como esta le demuestran que ese trabajo silencioso rinde frutos cuando los chicos crecen con solidaridad y compromiso.
Pequeños gestos que lo dicen todo
Entre los voluntarios estaba Mikel, un alumno que asumió su tarea con orgullo. Contó que le tocaba pintar el pizarrón de negro y que antes había estado barriendo hojas en el patio. Recordó que cuando se enteró del robo sintió tristeza por la escuela y que su mamá lo alentó a ayudar. Desde entonces, decidió colaborar en todo lo que pudiera.
A su lado, Xiomara, de 12 años, también tomó el rodillo para pintar pizarrones. La naturalidad con la que hablaban de “venir a trabajar a la escuela” reflejaba que entendían el valor del lugar que los contiene.
Mientras tanto, Silvia, ordenanza y también mamá de la institución, explicó que el compromiso se vive “desde el alma”. Agradeció a las madres que se acercaron y extendió la invitación a más vecinos. Señaló que durante todo el día continuarían pintando y realizando arreglos, y que sería fundamental la ayuda de quienes sepan de albañilería para colocar puertas y reparar baños.
Una escuela que se levanta con su gente
La escena era tan simple como poderosa: padres subidos a escaleras, chicos con pinceles, docentes organizando tareas y exalumnos acercándose para dar una mano. No había discursos grandilocuentes, pero sí un mensaje claro: la escuela no está sola.
La reconstrucción de la María Reina Inmaculada no se limitó a paredes y techos.