Comenzaron a practicarse hace miles de años y habrían comenzado como arte en el cuerpo, pero entre finales del siglo XX y comienzos del XXI se convirtieron en un fenómeno global que no diferencia edades ni clases sociales.
El año pasado, unos arqueólogos encontraron restos momificados de una princesa siberiana de unos 2.500 años de antigüedad. En su hombro izquierdo, la joven mujer lucía una serie de tatuajes con un grado extraordinario de conservación debido a las bondades del permafrost, una capa de hielo que jamás pierde la cadena de frío. Tenía la traza de un animal mitológico, un Capricornio decorado con garras de grifos en sus cuernos y espalda y pico de buitre de inquietante belleza.
Aunque es probable que la idea de utilizar el cuerpo como lienzo precediera a Matusalén, el hallazgo se transformó en la evidencia del altísimo nivel artístico al que había arribado ese arte en la antigüedad. Desde aquellos tiempos, ríos de tinta aguijonearon las anatomías de miles de fieles, más allá de cualquier frontera o linaje, llamados por el mismo arrebato que cautivó a la doncella rusa.
Hubo un tiempo en que el tatuaje era potestad de marineros, malandras de pelo en pecho y compadritos de diversa escuela. Otro en el que se convirtió en símbolo de rebeldía juvenil y de vida alternativa. Como suele suceder en estos casos, la bandera contracultural se convirtió en mercancía y la moda la fagocitó en objeto de deseo amoldable a usos y costumbres aptos para todo público, ya sea de empresarios, futbolistas o meros adscriptos al famoseo.
El fin del estigma marginal y la ruptura de los tabúes abrió las puertas a una nueva estela de fieles a nivel mundial. Los quinquis se desdibujaron por el camino y al mismo tiempo, las celebridades se convirtieron en el mayor escaparate del negocio. Un estudio de hace dos años, publicado en la revista American Demographics, revelaba que entre las personas de 40 y 64 años de los Estados Unidos, el 9 por ciento estaba tatuado.
Aunque no existen investigaciones semejantes en la Argentina, la proliferación de locales regenteados por profesionales y el éxito de los periódicos salones del sector testimonian el auge de esta subcultura.
Desde 2005, más de 150.000 personas ya han pasado por las ocho ediciones del Tattoo Show, la convención de tatuajes más importante de Latinoamérica, que se organiza cada año en el Hotel Bauen de Buenos Aires. Con 100 stands de tattoo, piercing, venta de insumos, accesorios y la presencia de 250 tatuadores prestigiosos de todo el mundo, se ha transformado en una cita anual obligatoria tanto para legos como para expertos. Sus organizadores promueven seminarios, galerías de arte, desfiles y concursos de los mejores trabajos desarrollados en el encuentro.
El año pasado, por ejemplo, el Tattoo Show contó con la presencia estelar de Paul Booth, considerado uno de los mejores tatuadores del mundo, con su mítica estampa de 160 kilos y la cara tatuada. Moldeó su carrera a caballo del estilo dark, de preferente blanco y negro, y dejó su marca en los cuerpos de la aristocracia del heavy metal a razón de 600 euros la hora de trabajo. Miembros de Pantera, Sepultura y Slayer sometieron su silueta a su turbadora cosmovisión.
Caligrafía sobre el cuerpo
La historia del tatuaje se remonta a los antiguos pobladores de la Polinesia, pioneros en la grabación de motivos en la piel en el 5000 antes de Cristo. La palabra proviene de aquellos lejanos archipiélagos donde la sílaba “ta” significa, precisamente, tatuaje. Los científicos sostienen que el primer hombre tatuado conocido fue Ötzi, nacido hace más de 5.300 años y encontrado en 1991 en Italia tapizado de líneas y cruces grabadas con polvo de carbón en las rodillas. Las momias también se sumaron al convite desde la XI dinastía egipcia. Amunet, una sacerdotisa de Tebas, llevaba puntos y líneas en su cuerpo.
En China y en Japón los primeros tatuajes conocidos se remontan a 2000 y 1000 a.C. En el lejano Oriente, se trataba de una práctica sagrada y señal de estatus o prestigio social. Pero en 500 d.C. los tattoos se empezaron a usar para marcar a criminales. Tanto es así, que en Japón sigue siendo una práctica reservada a los bajos fondos. Sólo los miembros de la mafia yakuza y otro grupos marginales se atreven con ellos.
El tatuaje florecía en la mayor parte del mundo. Malayos, bosquimanos, en el Africa profunda y en los mares del Sur, mujeres y hombres se identificaban a su influjo. La historia adjudica al capitán inglés James Cook el rol de dar cuenta al mundo occidental de la palabra tatuaje, tras descubrir en Tahití, en uno de sus viajes de exploración por el Pacífico, cómo los nativos decoraban sus cuerpos con algo que denominaban “tatau”.
Con tinta argentina
El caso de Mariano Antonio pone de relieve el presente del género en el país. Tiene 40 años y hace veintidós inició su andadura en el ramo desde el playroom de la casa familiar. Técnico óptico de oficio, les obsequió el título a sus padres y se tiró a la pileta. En 1992 abrió el estudio American Tatoo en la célebre galería Bond Street, epicentro de la modernidad vernácula. A mano de la demanda progresiva, hoy ya cuenta con tres locales. “Al principio teníamos dos clientes por semana; hoy vienen entre cincuenta y setenta cada día, de lunes a sábados, y no tenemos vacaciones”, desliza. Además, en los últimos tres años, los pedidos para someterse a esta práctica milenaria se triplicaron entre los mayores de 60 años.
Sucede que los miedos se evaporan con el avance de la tecnología. Las carnicerías medievales autodidactas dieron paso a sofisticadas máquinas, accionadas desde consultorios por especialistas con barbijo, guantes de látex y sesudos métodos de esterilización.
En la página web de American Tatoo, aflora una galería de clientes con pedigrí, desde Diego Maradona a Marcelo Tinelli, del Potro Rodrigo a Chiche Gelblung, con paradas en Flavia Palmiero, Corcho Rodriguez, Die Toten Hosen y siguen las firmas. Algunos presumen de verdaderas piezas de orfebrería en sus siluetas y le hacen la cabeza a cualquier impávido hijo o abuelo de vecino. “El tattoo se instaló en los medios, ya está aceptado socialmente, las marcas promocionan sus productos con personajes tatuados. Dejó de ser elitista”, describe el empresario. De contraseña del submundo a la omnipresencia mediática. “Antes – reflexiona– la gente se tatuaba para diferenciarse, ahora lo hace para pertenecer”.
Para Antonio, de los motivos que eligen los clientes, tanto jóvenes como veteranos, no se desprende necesariamente una tendencia única. “Los argentinos miran afuera y tienen mucha info que antes no existía. Medios de consulta, internet. La mayoría trae sus propios diseños”, asegura.
Las técnicas, las innovaciones, los pigmentos, las modas locales y el contexto histórico marcan los estilos en boga. Desde los primeros tatuajes occidentales en negro, donde el color era una quimera, hasta los actuales diseños con sombreados y efectos 3D, los paradigmas estéticos cambian o se readaptan a las nuevas circunstancias.
A las fuentes de inspiración tradicionales, como los ornamentos orientales, los ideogramas japoneses, los motivos tribales maoríes, la old school de la cofradía portuaria, los clientes les suman sus antojos particulares. Unos piden aforismos, nombres de hijos en caligrafía gótica, artes de tapa de discos y otros se decantan por retratos de mancebas que sonrojarían al mismísimo Marqués de Sade. “Nunca terminás de asombrarte, el límite es el propio cuerpo”, relata el empresario. Aquí no hay canción del verano, las preferencias se multiplican. Eso sí: el tamaño importa. El modelo-futbolista David Beckham impone el ritmo a la época: tatuajes en los brazos, la pantorrilla y la espalda ofician de marco para convertir a los clientes en verdaderos cuadros ambulantes. Quizás objetos de alguna mirada indiscreta, ya lejos del miedo y de los efluvios del puerto y la marginalidad de otros tiempos. Fuente: (Rumbos).-