REDACCIÓN ELONCE
La vida en el convento estuvo marcada por estrictas reglas de obediencia, aislamiento y prácticas de mortificación, según relató a Elonce Eveline Trinidad Garay, quien permaneció más de tres años en el Carmelo de Nogoyá y convivió con Silvia Albarenque.
La vida en el convento, sus estrictas reglas, el silencio, la obediencia y las prácticas de mortificación fueron descriptas por Eveline Trinidad Garay, una ex carmelita descalza que permaneció durante tres años y tres meses en el Carmelo de Nogoyá. La mujer, actualmente radicada en España, habló con Elonce a partir de la renovada repercusión que alcanzó el caso tras el estreno de la serie Cautiva.
Garay ingresó al convento con apenas 19 años y con la intención de permanecer definitivamente en la orden. Con el paso del tiempo, según relató, comenzó a conocer en profundidad un estilo de vida en el que la obediencia alcanzaba prácticamente todos los aspectos cotidianos.
“Yo entré con mucha ilusión, entré con 19 años y tenía mucha esperanza. Mi idea era entrar y quedarme definitivamente en ese lugar, pero después fueron sucediendo cosas. Vas conociendo realmente cómo se maneja el lugar, cómo te van enseñando, qué tan radical es el voto de la obediencia, de la pobreza y de la castidad, a extremo todo”, recordó.
“Te vas perdiendo a vos misma”
La ex carmelita describió un proceso gradual mediante el cual las religiosas se adaptaban a las normas internas. “Lo que sí es que tenés que anularte a vos misma y te lo van enseñando paso a paso. Vas aceptando las mortificaciones, los elementos que te dicen que tenés que usar. Te vas acostumbrando a eso y después, si no te cuestionás nada, permanecés ahí”, expresó.
Una de las enseñanzas que más recuerda estaba relacionada con la obediencia absoluta hacia los superiores. “Si el superior te manda poner la silla patas para arriba, vos tenés que hacerlo y te despreocupás sin cuestionamientos para nada”, ejemplificó.
Con el paso del tiempo, sostuvo, esa dinámica terminaba repercutiendo sobre la autonomía. “Después te vas dando cuenta que te estás perdiendo a vos misma, que vas perdiendo tu opinión, las maneras que tenías antes de entrar, tu personalidad. Te van anulando y ya eligen absolutamente todo por vos”, afirmó.
Desde la ducha hasta las tareas cotidianas
Garay explicó que las decisiones alcanzaban cuestiones básicas de la rutina diaria. “El tiempo en el que te duchás, qué tareas vas a hacer, aunque te guste o seas más apta para otra cosa, ellas te lo eligen. La comunicación que tenés con la gente de afuera también, que es poquísima, la eligen, hablan por vos. Ellas deciden por vos en absoluto”, relató.
En ese contexto, los vínculos entre las propias religiosas también estaban sujetos a reglas. Garay coincidió durante su estadía con Silvia Albarenque, quien años después sería una de las protagonistas de las denuncias que dieron visibilidad pública al caso.
“Con Silvia ahí adentro habremos hablado unas tres o cuatro veces, pero nunca de nosotras, nunca de nuestra vida afuera, nunca de nada particular. Siempre fueron preguntas o cosas del Carmelo”, recordó sobre el vínculo que mantuvieron.
“No podíamos mirarnos a los ojos”
La ex carmelita sostuvo que no existía margen para desarrollar amistades como las que podían establecerse fuera de la clausura. “No se podía tener contacto, no te da margen para tener ningún trato especial, mucho menos una amistad”, señaló.
Las restricciones, según describió, alcanzaban incluso la forma de sentarse, mirarse o tocarse. “Teníamos nuestro espacio ya estipulado hasta dónde podía una moverse, no podíamos mirarnos a los ojos, no podíamos tocarnos las manos y ni hablar de comunicarnos algo a deshora. Cada una en lo suyo, en lo que le mandaron, y así tiene que ser”, contó.
Para Garay, una de las consecuencias más profundas de aquella dinámica era el aislamiento. “Si te pasa algo, tampoco lo podés comentar con nadie, lo podés hablar, lo podés digerir, sacarte dudas. Estás muy solo. Es mucho el dominio que tienen sobre vos porque estás muy solo de todos, estás aislado totalmente”, expresó.
Las prácticas de mortificación
Otro de los aspectos que abordó fueron las denominadas mortificaciones. Garay explicó que determinadas prácticas estaban contempladas dentro de las reglas y constituciones de la orden y se refirió también a cómo fueron representadas en la ficción.
“Es una manera de mostrar el dolor que uno sentía, pero no es tal cual en el sentido, por ejemplo, de la autoflagelación”, aseguró. No obstante, sostuvo que el sufrimiento que más recuerda no estaba exclusivamente relacionado con lo físico.
“Lo peor es el desarraigo y el dolor que vos sentís porque estás solo, porque no lo podés comunicar con nadie, porque no te podés sacar una duda”, afirmó. A ese aislamiento, explicó, se agregaban las prácticas físicas: “A eso tenés que agregarle el dolor físico que te imponen, que es el silicio y la penitencia”.
El silicio y las autoflagelaciones
Garay recordó que esas prácticas eran presentadas como una forma de sacrificio vinculada con la vocación religiosa. “Recuerde que usted ha venido aquí, tiene vocación de Carmelita, usted es el corazón de la Iglesia porque te lo enseñan así. Está para sacrificarse, para sufrir y para unir ese dolor al dolor de Cristo crucificado”, relató sobre lo que le transmitían.
Al describir el uso del silicio, explicó: “Vos te lo atás fuerte porque entendés que así hacés mejor tu trabajo, así tiene que ser tu vocación”. También se refirió a las autoflagelaciones y marcó diferencias con algunas escenas de la ficción.
“Cuando te das latigazos, que no son en la espalda, como lo muestran en la serie, sino que son en las nalgas arriba de una túnica, vos te pegás lo que considerás que vale Dios, que vale tu sacrificio”, sostuvo. Y agregó: “La cabeza ahí te va a mil, te llenás de pensamientos encontrados, pero no te queda otro camino más que obedecer y seguir haciendo lo que tenés que hacer”.
La salida y el desafío de volver a elegir
Garay aclaró que su salida del Carmelo se produjo de manera diferente a las situaciones que posteriormente dieron origen a las denuncias. En su caso, cuando manifestó su intención de irse, se realizó el procedimiento interno correspondiente y obtuvo la autorización. “En mi caso se aprobó mi permiso para salir y pude salir tranquilamente”, explicó.
Sin embargo, abandonar el convento significó iniciar otro proceso: recuperar la autonomía para decidir cuestiones que durante años habían estado determinadas por otras personas. En esa etapa, según relató, recibió el acompañamiento de las hermanas mercedarias.
“Tenés que recuperarte a vos misma, recuperar tu opinión, tus gustos, definir qué es lo que querés hacer, qué es lo que querés estudiar, dónde querés estar. Todo eso a mí me parecía lejísimo de poder elegir por mí”, recordó.
“¿Cómo puede ser que con 25 años tenga que acordarme cuáles eran mis gustos?”
Tras dejar el Carmelo, Garay comenzó a estudiar y encontró en la universidad una herramienta para revisar lo vivido durante aquellos años. “La universidad también te abre muchísimo la cabeza y te ayuda a cuestionarte qué es lo que has vivido ahí adentro, qué es lo que pasó”, manifestó.
Ese proceso la llevó a enfrentarse nuevamente con decisiones que parecían sencillas, pero que después de años de obediencia debía aprender a tomar por sí misma. “¿Cómo puede ser que con 25 años tenga que acordarme cuáles eran mis gustos, qué es lo que me gusta hacer? ¿Dónde quiero estar?”, se preguntó.
A más de dos décadas de aquella experiencia, Garay volvió a poner en palabras cómo fue la vida en el convento y las consecuencias que, según su testimonio, tuvo aquel período. La repercusión de Cautiva volvió a colocar el caso del Carmelo de Nogoyá en la conversación pública y abrió nuevamente el debate sobre una historia que tuvo fuerte impacto en Entre Ríos.