REDACCIÓN ELONCE
Virginia Ríos, fundadora del establecimiento El Gran Valiente, encontró en los caballos no solo una herramienta terapéutica para acompañar a personas con discapacidad, sino también el camino para reconstruir su propia historia.
Lo que alguna vez estuvo a punto de costarle la vida terminó convirtiéndose en su misión. Virginia Ríos, fundadora del establecimiento El Gran Valiente, encontró en los caballos no solo una herramienta terapéutica para acompañar a personas con discapacidad, sino también el camino para reconstruir su propia historia después de un accidente que marcó un antes y un después en su vida.
Desde su predio, ubicado en las afueras de Paraná, actualmente desarrolla sesiones de terapia asistida con caballos destinadas a niños, jóvenes y adultos con distintas condiciones, entre ellas autismo y síndrome de Down.
La historia de Virginia está atravesada por una experiencia traumática. En 2009 sufrió un grave accidente cuando un caballo la aplastó en la localidad de Cerrito. "Fue muy grave. Me aplastó", recordó en diálogo con Elonce.
Lejos de alejarse definitivamente de los animales, años después encontró en ellos una nueva oportunidad. Mientras cursaba la carrera de Psicopedagogía comenzó a conocer sobre la equinoterapia y sintió que ese podía ser su camino. "Lo tomé como una señal", relató.
La formación llegó cinco años después del accidente, cuando viajó a Carlos Paz para capacitarse. Volver a subir a un caballo significó enfrentar uno de sus mayores miedos. "Tenía mucho miedo, muchísimo miedo, porque cuando sufrí el accidente estaba consciente, me acuerdo de todo, no perdí el conocimiento. Cuando me subí nuevamente a un caballo dije: 'Bueno, por acá es el camino'. Fue un antes y un después en mi vida".
Luego llegó "Valiente” a su vida. “Fue el primero que se acercó", contó al explicar el origen del nombre del establecimiento que hoy lidera. "Yo realizo terapia asistida con caballos y Valiente fue el primero que llegó. Yo lo adquirí, lo compré y él no tenía nombre. Cuando lo compro, al segundo día le puse de nombre Valiente".
Virginia comenzó a trabajar hace casi tres años en la casa de sus padres. El primer paciente fue un niño con autismo y en aquel momento solo contaba con un caballo, que era Valiente.
Con el tiempo, la iniciativa fue creciendo. Hoy cuenta con cinco caballos —Valiente, Esmeralda, Milonga, Atenea y Merlín— y un espacio propio que comparte con su pareja. "Este predio compramos con mi pareja en el año 2024, al principio como algo más familiar, un sueño", expresó.
Las secuelas físicas del accidente todavía la acompañan. Virginia atravesó ocho intervenciones quirúrgicas, incluida una reconstrucción de pelvis. "Los médicos no se explican cómo yo estoy con vida, puedo caminar, soy mamá. Lo tomo como un milagro de Dios", afirmó.
Esa experiencia personal es, según cuenta, una de las razones que la impulsan a seguir acompañando a otras personas.
El caballo como puente
Aunque muchas personas llegan buscando una solución a distintas problemáticas, Virginia prefiere hablar de acompañamiento antes que de curación. "Yo le doy el nombre de terapia asistida con caballos. Siempre digo que es como si estuviera en un consultorio, pero mi consultorio es al aire libre y los grandes protagonistas y terapeutas son los caballos", dijo.
Según relató, los animales generan un vínculo especial con quienes participan de las sesiones. "Ellos son un puente, son muy facilitadores", sostuvo y agregó: "No es que el caballo nos va a sanar, pero si uno tiene fe, como siempre digo, los grandes milagros existen".
Historias que dejan huella
Entre las experiencias que más la conmueven se encuentran los avances logrados por niños con trastorno del espectro autista: “Lo que a mí más me llena el alma y me enorgullece son los testimonios".
En ese sentido, recordó mensajes recibidos por parte de familias que observaron cambios significativos en sus hijos. "Me han llegado mensajes diciendo: 'Virginia, pudo decirme mamá'. Eso es sumamente importante para una mamá que tiene un chico con discapacidad y no puede escuchar esa palabra", contó emocionada.
Para Virginia, el contacto con los caballos ofrece algo que muchas veces falta en la vida cotidiana: tiempo, calma y conexión. "Por ah sirve bajar un poco nuestra vorágine del día a día, que a veces va a mil. Estar en contacto acá con ellos te da mucha paz y tranquilidad", concluyó. Elonce.com