REDACCIÓN ELONCE
En el Día del Ferretero, Hipólito Varisco, de Ferretería Zanni, compartió con Elonce las historias de un oficio que combina experiencia, ingenio y confianza. Del cliente que no sabe cómo se llama una pieza a los cambios que lo obligaron a reinventarse.
El “cosito” puede ser un tornillo, una pieza que se aflojó o ese repuesto cuyo nombre nadie recuerda. Para Hipólito Varisco, conocido como Polito, descifrar ese pedido se volvió parte del oficio. En el Día del Ferretero, el referente de Ferretería Zanni, de Paraná, conversó con Elonce sobre más de cuatro décadas detrás del mostrador, entre herramientas, consultas y generaciones de vecinos.
La experiencia apareció incluso durante la charla: bastó mirar un tornillo para reconocer su medida. Polito explicó que esa familiaridad también se trasladó a las manos. “Yo meto la mano a sacar tornillos y, si son 20, saco 19, 21, 20”, contó entre risas. No lo presentó como un talento extraordinario, sino como el resultado de repetir una tarea durante tantos años.
La escena del cliente que llega con una pieza y pide “el cosito” tampoco le resultó extraña. “Sí, eso es normal. Ya se solucionó con el teléfono”, comentó sobre la ayuda de las imágenes para identificar repuestos. Cambiaron las maneras de preguntar, pero el desafío siguió siendo el mismo: entender qué se rompió y encontrar con qué arreglarlo.
Una ferretería construida en familia
Polito recordó que abrió el negocio junto con Rubén, su primo y socio, quien falleció hace más de dos años. Habían crecido juntos y compartido una trayectoria que fue mucho más allá de lo comercial. “Nosotros somos los creadores”, aclaró cuando le preguntaron si había recibido la ferretería de una generación anterior.
La ausencia de su compañero atravesó el relato. Con tantos años de trabajo, también recordó a clientes y proveedores que ya no están. Sin embargo, destacó que el vínculo familiar continuó y que la esposa de Rubén se incorporó al negocio. “Hay una buena relación de familia que pienso yo que tiene más validez que la relación comercial”, expresó.
Seguir al frente fue, para él, una manera de sostener esa historia compartida, aunque también una decisión ligada al entusiasmo cotidiano. “Por ahora tengo ganas, más adelante veremos”, dijo. En una jornada de saludos de amigos, clientes y proveedores, dejó en claro que todavía encontró motivos para abrir las puertas y atender.
Saber de tornillos, pero también escuchar
Detrás del mostrador, el conocimiento no se limitó a memorizar medidas o ubicar productos. Polito explicó que las consultas lo llevaron a aprender sobre albañilería, plomería, electricidad, mecánica y otros trabajos. “Nosotros tenemos que saber de todas las profesiones”, resumió sobre las situaciones que aparecen a diario.
Parte de ese aprendizaje llegó de quienes se acercaron a comprar. “Vas aprendiendo porque la gente te enseña”, sostuvo. Escuchar para qué necesitaban una pieza, qué estaban reparando o cómo pensaban usar un material le permitió ampliar sus conocimientos y reconocer pedidos que, con el tiempo, se volvieron casi automáticos.
También hubo una afinidad personal que orientó el negocio. Polito contó que es técnico náutico y que siempre estuvo ligado a la mecánica. “Siempre me gustó la parte automotora, mecánica”, señaló. Su entusiasmo por los fierros se extendió a las carreras, una pasión que mencionó durante la entrevista.
Reinventarse para tener lo que otros no ofrecen
La ferretería fue cambiando junto con el barrio y las necesidades de sus clientes. Ante una competencia cada vez mayor, Polito explicó que buscó fortalecer la línea industrial y la bulonería especial, un sector en el que logró ampliar el surtido y atraer, entre otros, a mecánicos.
“Tenés que buscar la forma de traer algo que el otro no tiene”, afirmó. Esa búsqueda, aclaró, exigió recursos y dedicación: “Eso cuesta inversión, plata, tiempo, pero bueno, la vamos peleando”. La experiencia acumulada no lo eximió de revisar qué ofrecer y cómo diferenciarse.
Los cambios también dejaron productos en el pasado. Recordó las mechas para antiguas heladeras que se utilizaban cuando en la zona todavía había chacras y otros artículos que perdieron uso. “No puedo seguir comercializando lo que comercializaba hace 40 años”, explicó. Los sistemas sanitarios, las pinturas y los materiales se transformaron, y el mostrador debió acompañarlos.
Las goteras, los arreglos y el valor de decir la verdad
En los días de lluvia y humedad, las consultas tuvieron protagonistas conocidos: techos que filtran, goteras y paredes mojadas. Polito contó que esos problemas llevaron a muchos vecinos a buscar una solución y remarcó que el resultado no dependió solamente del producto elegido, sino también de cómo se lo aplicó.
Por eso defendió una regla de atención: “Lo importante es no mentirle a la gente”. Al mencionar las membranas, explicó que una mala colocación podía agravar las filtraciones. Su tarea, sostuvo, también consistió en advertir los límites de un material, sin prometer que resolvería cualquier inconveniente.
Además, observó que muchas personas intentaron hacer reparaciones por su cuenta debido al costo de la mano de obra. Frente a los cambios, eligió una mirada que combinó experiencia y apertura: “No todo lo viejo es malo y no todo lo nuevo es bueno”, expresó. Para él, la clave estuvo en evaluar cómo se adapta cada alternativa.
Un saludo, un asado pendiente y los mates del final
La charla también tuvo lugar para los afectos. Desde San Rafael, Mendoza, su consuegro Eduardo le envió un saludo por el Día del Ferretero y aprovechó para pedirle un asado. Polito lo reconoció con alegría y contó que, además del parentesco, los une una amistad cercana.
Antes de despedirse, invitó a los conductores a pasar por el negocio para compartir unos mates y recordó a Martín y Luciano, su hijo y un empleado, que también forman parte de la ferretería. Su esposa lo esperaba para seguir la jornada: “Nos vamos al parque, a tomar los mates”, anunció, aunque enseguida aclaró que primero debía pasar por la contadora.
Entre obligaciones, repuestos y encuentros, Polito encontró en la gente una de las razones para seguir. “Compartimos personas de muchas edades distintas”, destacó sobre la vida cotidiana del local. En esa mezcla de generaciones, preguntas y confianza, el oficio conservó algo que ningún catálogo puede reemplazar: alguien del otro lado del mostrador dispuesto a entender de qué “cosito” le están hablando.