REDACCIÓN ELONCE
El trabajo en el campo marcó la vida de Eduardo Prin desde su infancia. En diálogo con Elonce repasó su historia familiar, el crecimiento como contratista rural, la incorporación de su esposa e hijo al emprendimiento y una amistad que nació gracias al préstamo de un destornillador.
El trabajo en el campo fue el motor que impulsó toda la vida de Eduardo Prin. El contratista rural visitó el programa Moviendo el Avispero, que se emite por Elonce Radio & Streaming FM 98.7, donde compartió una historia atravesada por el esfuerzo, la vocación y el crecimiento familiar. Desde sus primeros pasos junto a su padre hasta la actualidad, repasó décadas de sacrificio, cambios tecnológicos y el compromiso de una familia que hizo del campo su proyecto de vida.
“Era chico, vivía en el campo con mis padres y salía de la escuela -a caballo- y mi padre iba cosechando y yo lo veía. Pasaron los años, terminé la primaria y me dijeron que si quería estudiar y les dije que quería seguir trabajando en el campo. Seguí trabajando con él, cosechando con mi padre. Después fuimos comprando otras máquinas y eso fue así hasta el 2000”, recordó sobre sus comienzos.
El contratista explicó que la actividad agropecuaria fue evolucionando junto con la familia, que también desarrolló otros emprendimientos antes de consolidarse definitivamente en el rubro de la cosecha.
Los primeros desafíos y el crecimiento familiar
En ese recorrido recordó otra etapa importante. “Tuvimos granja de pollo también, pero como era en el pueblo nos ladearon porque no se podía criar en el pueblo”, contó, al referirse a una actividad que finalmente debieron abandonar.
El gran salto llegó pocos años después. “En 2003 compramos la primera máquina y ahí empezamos a cosechar más grande y más cantidad de hectáreas. En ese momento, había que pagar la cuota así que mi esposa andaba de tolvera”, relató sobre el crecimiento del emprendimiento familiar.
La incorporación de toda la familia fue clave para sostener ese proyecto. “Teníamos un tractorcito chico y ahí andábamos. En 2004, mi padre siguió cosechando con otra máquina y le digo a ella que es más fácil manejar la máquina que el tractor porque no tenía aire acondicionado ni dirección mecánica. Se sentó ella y cepilló 500 hectáreas de maíz y 800 de soja ese año. Al año siguiente, se incorporó Andrés -su hijo- a trabajar. Era chico también, había terminado el colegio y no quiso estudiar. Se fue a trabajar al campo también y fue como compramos otra cosechadora. Él tenía 13 años y manejaba una y mi señora la otra”, recordó.
Un oficio que cambió con el paso de los años
Prin destacó que el trabajo del contratista rural experimentó profundas transformaciones desde que comenzó junto a su padre.
“Ha cambiado mucho porque mi padre cosechaba en bolsas. Las bolsas quedaban tiradas en el campo y tenía que irlas a juntar. Después cuando yo estaba con él, ya era a granel”, explicó al comparar las tareas de décadas atrás con las actuales.
En la misma línea, valoró los avances tecnológicos que facilitaron las jornadas laborales. “Hoy cambió para bien todo. Se trabaja sin hacer tanto esfuerzo y sacrificio. Antes andábamos sin cabina y con toda la polvareda”, sostuvo.
También recordó cómo eran las campañas agrícolas de aquellos años. “En sus inicios en el oficio, por campaña realizaban 300 a 400 hectáreas de avena. Trillábamos avena hilerada, avena en planta, trillábamos lino porque en ese tiempo había poco trigo”, detalló.
La pasión por hacer bien las cosas
Para Eduardo Prin, el prestigio de un contratista se construye con responsabilidad y compromiso en cada lote.
“Haciendo las cosas bien, es trabajo. Nosotros, por lo general, somos de ir y tratar de hacer las cosas lo mejor que se puede, dejar el campo limpio, tratar de no cortar nada y el ingeniero ve que uno trata de dejar bien todo”, remarcó sobre la forma en que encara cada campaña.
Más allá del crecimiento empresarial, aseguró que la verdadera motivación sigue siendo la misma que cuando era niño. “La apuesta al trabajo en el campo se lleva en el alma, trabajar en el campo es algo hermoso. No quisiera que mis hijos luchen como luchamos nosotros. Hay que seguir apostando”, expresó con emoción.
Sus palabras resumieron una vida dedicada a una actividad que exige sacrificio permanente, largas jornadas y una fuerte vocación de servicio para acompañar cada campaña agrícola.
Un destornillador que dio origen a una amistad
Durante la entrevista también compartió una historia que demuestra cómo el compañerismo suele formar parte del mundo rural.
“Nosotros fabricamos una fertilizadora y fuimos a tirar urea para un muchacho de Herrera. No me acuerdo si le pedí el destornillador a él o él a mi. Él andaba en una Volkswagen Saveiro arreglando riegos”, recordó al hablar de su primer encuentro con Jorge Ferro.
Aquel gesto cotidiano terminó convirtiéndose en una amistad que perdura hasta la actualidad. “Nos pasamos los números de teléfonos y en ese momento no había mensaje de WhatsApp. Nos llamábamos y me invitó para el cumpleaños el año pasado”, relató sobre ese vínculo que nació hace diez años.
El contratista también explicó las exigencias que impone el oficio. “Cuando sos contratista, no tenes feriado, domingo, cumpleaños, no tenes nada. Tenes que buscar el día para ver si podes festejar algo”, señaló.
Finalmente, recordó el reencuentro con su amigo. “Después lo invité yo a mi cumpleaños -el 28 de febrero-. Fue la segunda vez que lo vi en 10 años. Es una amistad muy linda”, concluyó, dejando en claro que, además del esfuerzo cotidiano, el trabajo en el campo también deja historias de compañerismo y vínculos que perduran con el paso del tiempo.