REDACCIÓN ELONCE
A diez años del oro olímpico de Paula Pareto, la inolvidable jornada para ser la primera campeona olímpica en la historia del deporte nacional y la primera argentina en ganar dos medallas olímpicas en una disciplina individual. El camino hacia la gloria y el legado que construyó después.
El oro olímpico de Paula Pareto en Río 2016 cumplió diez años y todavía conserva escenas capaces de explicar por qué aquella jornada quedó entre las páginas más importantes del deporte argentino. El 6 de agosto de 2016, la judoca se impuso en la categoría hasta 48 kilos y se convirtió en la primera argentina campeona olímpica en una disciplina individual.
Había llegado a Brasil como una de las grandes esperanzas de la delegación. Tenía una medalla de bronce conseguida en Beijing 2008, había terminado quinta en Londres 2012 y era la vigente campeona mundial. Sin embargo, afrontó los Juegos con una premisa que había sostenido durante toda su carrera: en el judo no había resultados garantizados y cada competencia comenzaba desde cero.
Aquella tarde, pocos minutos después de las 17, todo cambió. Pareto derrotó a la surcoreana Bokyeong Jeong en la final de la categoría hasta 48 kilos y llegó a lo más alto del podio de la Arena Carioca 2. La Peque también se transformó en la primera deportista argentina en conseguir dos medallas olímpicas en una disciplina individual.
Una semana antes del día que cambió su historia
La historia de aquella medalla había comenzado varios días antes, lejos del tatami. El sábado 30 de julio de 2016, Pareto aprovechaba una jornada soleada en la playa de Leblon para bajar las revoluciones. Con mate y termo, ojotas y la indumentaria de la delegación argentina, contemplaba el Atlántico mientras transitaba los últimos días antes de competir.
“Porque me gusta y porque creo que lo hago bastante bien para sobrevivir”, respondió con humor cuando le preguntaron por qué luchaba. Ese “bastante bien” escondía una trayectoria extraordinaria: una medalla olímpica, un quinto puesto y un campeonato mundial antes de desembarcar en Río.
Pareto había llegado a Brasil el lunes 25 de julio acompañada por su entrenadora Laura Martinel y su sparring Oritia González. En un primer momento se alojaron cerca del lugar donde realizaban los entrenamientos y, el martes 2 de agosto, ingresaron definitivamente a la Villa Olímpica.
La preparación mental para Río 2016
El desafío no era solamente físico. Pareto trabajaba junto con su psicólogo, Gustavo Ruiz, para controlar la ansiedad y administrar la presión propia de una competencia que podía definir años de preparación.
También buscaba pequeñas vías de escape. Durante los viajes acostumbraba leer o dibujar y, para aquellos Juegos, había llevado mandalas y lápices que le había regalado su madre. Era su forma de desconectarse momentáneamente de un objetivo que ocupaba buena parte de sus pensamientos.
La judoca sabía además que no participaría del desfile de la ceremonia inaugural. Su categoría competía al día siguiente y cualquier desgaste podía resultar determinante. “Yo no tengo ninguna presión, porque el judo no es un deporte de marca y puede ganar y perder cualquiera”, explicaba entonces.
La fiebre que apareció antes de competir
Una década después, Pareto recordó que aquella tranquilidad aparente escondía una tensión mucho mayor. “En la previa sentía unos nervios extraños. Ansiedad. Quería concentrarme en lo mío, en hacer las cosas bien, sabiendo que los mínimos detalles contaban”, reconstruyó.
La evidencia apareció apenas 24 horas antes de competir. Se levantó con fiebre. Para Pareto, fue una manifestación del nivel de estrés que estaba atravesando de manera inconsciente. Habló con su psicólogo, con sus padres y con Martinel.
El cuadro finalmente pasó. Cuando despertó el sábado 6 de agosto experimentó una sensación completamente distinta. “El día de la competencia me levanté con el alma con una paz que me resultó rara”, recordó.
Un inconveniente inesperado antes de luchar
Bien temprano, las competidoras de la categoría hasta 48 kilos llegaron a la Arena Carioca 2. Pareto estaba preparada, pero apareció otro contratiempo: tuvo un inconveniente con el judogi antes de su primera presentación.
“Un problema con el judogi desencadenó un estresazo de más que terminó siendo beneficioso para revolucionar mi parte hormonal y estar más activa. Me dieron más ganas de ganar y todo fue fluyendo lucha a lucha, enfocada en lo mío”, relató al recordar aquella mañana.
Después comenzó el recorrido deportivo. En su primer combate derrotó por ippon a la rusa Irina Dolgova cuando restaban apenas 40 segundos. Luego superó a la húngara Eva Csernoviczki mediante un waza-ari, también conseguido sobre el tramo final.
El enorme desafío frente a Ami Kondo
Pareto estaba entre las cuatro mejores. En semifinales la esperaba la japonesa Ami Kondo, una rival que cargaba con un significado especial: representaba al país donde nació el judo y, además, había derrotado a la argentina en la final del Mundial de 2014.
La Arena Carioca 2 se transformó entonces en otro escenario de competencia. Desde las tribunas, los argentinos gritaban “¡Paula, Paula!”, mientras parte del público brasileño respondía con abucheos.
Apenas habían transcurrido 27 segundos cuando Pareto consiguió un waza-ari. Después llegó el momento de resistir. Una acción de Kondo levantó a la argentina y pareció encaminarla hacia una caída que podía cambiar el combate. La Peque reaccionó en el aire y consiguió girar para caer con los pies en lugar de hacerlo sobre su espalda.
El instante que aseguró otra medalla olímpica
El tiempo terminó y Pareto se convirtió nuevamente en medallista olímpica. Ya tenía asegurada al menos la plata, pero faltaba el combate más importante de su carrera.
La surcoreana Bokyeong Jeong esperaba en la definición. Pareto salió decidida, aunque durante el enfrentamiento sufrió un corte en el labio tras recibir un golpe involuntario. Lejos de condicionarla, aquel impacto terminó activándola.
“Parece increíble, pero el golpe que recibí sin querer a los dos minutos me despertó, porque algo me estaba parando”, reconoció al reconstruir la final diez años después.
El waza-ari que valió una medalla de oro
Pareto consiguió el waza-ari que terminó siendo decisivo. El reloj siguió avanzando hasta consumar una victoria que cambió definitivamente su lugar dentro de la historia del deporte nacional.
Habían pasado pocos minutos de las 17 del sábado 6 de agosto de 2016. La argentina era campeona olímpica. Martinel la abrazó mientras repetía una frase que anticipaba la dimensión de lo ocurrido: “Sos leyenda”.
“Superó todos mis sueños poder festejar con mi familia y mi equipo. Ese aura fue espectacular”, recordó Pareto. Después llegó el podio y una de las imágenes más recordadas de Río 2016: la Peque llorando mientras sonaba el Himno Nacional Argentino.
Una fiesta celeste y blanca en Río de Janeiro
La celebración se prolongó mucho más allá de la Arena Carioca. Hubo compromisos protocolares, abrazos con integrantes de la delegación, dirigentes y periodistas, además de una recepción inolvidable cuando regresó al edificio argentino en la Villa Olímpica.
Las jugadoras de Las Panteras la levantaron por el aire para festejar el título, mientras las integrantes de La Garra le dejaron una nota debajo de la puerta de su departamento. La medalla había trascendido rápidamente al judo: toda la delegación sentía aquella consagración como propia.
“Volvimos a la Villa Olímpica después de haber ido de un lado para el otro por los festejos. Nos acostamos muy tarde, pero a las 3 de la mañana no pude dormir más”, contó Pareto. Su sparring Oritia González tampoco podía descansar. Fueron a buscar a Martinel y descubrieron que también estaba despierta.
Una madrugada imposible de olvidar
Las tres terminaron en el comedor de la Villa Olímpica, que permanecía abierto las 24 horas. No había sueño ni cansancio. “Estábamos en una nube. Seguíamos en modo sueño eterno. Era una revolución de felicidad”, describió.
A la mañana siguiente, Pareto todavía intentaba comprender la dimensión de lo ocurrido. La emoción reaparecía cada vez que pronunciaba o escuchaba las palabras “campeona olímpica”.
Sin embargo, ya entonces surgía una pregunta inevitable: qué vendría después. Pareto se había recibido de médica en la Universidad de Buenos Aires y debía continuar su especialización. “Este es el momento de la medicina”, decía en Río, aunque reconocía que abandonar definitivamente la competencia no sería sencillo.
De campeona olímpica a médica y dirigente
La década posterior demostró que su vida no quedaría atada solamente a aquella medalla. Pareto se especializó en Ortopedia y Traumatología y desarrolló una intensa actividad profesional, deportiva, empresarial y solidaria.
También continuó vinculada al entrenamiento, brindó charlas en empresas y eventos y comenzó su camino como emprendedora. Paralelamente, participó de proyectos solidarios relacionados con la construcción de viviendas y la promoción de la donación de sangre, entre otras iniciativas.
Su carrera competitiva llegó hasta los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, disputados en 2021 por la pandemia. Allí cerró definitivamente su etapa como atleta de alto rendimiento, pero su relación con el movimiento olímpico apenas comenzaba una nueva fase.
Un lugar en el movimiento olímpico internacional
En París 2024 recibió otro reconocimiento: fue una de las seis personas encargadas de portar la bandera olímpica durante la ceremonia inaugural. La escena confirmó que aquella pequeña judoca argentina que había conquistado Río ya formaba parte de la historia global del olimpismo.
Pareto se incorporó además activamente al Comité Olímpico Argentino. Participó como médica de delegaciones, integró la Comisión de Atletas y desde 2025 se desempeña como vicepresidenta de la institución.
En julio de 2024 había alcanzado otro hito: se convirtió en miembro del Comité Olímpico Internacional. Fue la primera argentina en ocupar ese lugar entre los integrantes del organismo que conduce el movimiento olímpico mundial.
La medalla que todavía despierta emociones
Pasaron diez años desde aquella tarde en Río. Cambiaron los escenarios, las responsabilidades y hasta la relación de Pareto con el deporte. Ya no entra al tatami para buscar una medalla, pero continúa ligada al olimpismo desde otros espacios.
Sin embargo, cuando reconstruye aquel 6 de agosto de 2016, aparecen detalles que el tiempo no consiguió borrar: la fiebre, el problema con el judogi, la semifinal ante Kondo, el corte en el labio, el waza-ari de la final, el abrazo de Martinel y las lágrimas durante el himno.
Y también permanece una escena íntima. Después de los festejos, cuando se despertó en plena madrugada, Pareto abrió el cajón de la mesa de luz para comprobar que todo aquello realmente había ocurrido. “Lo primero que hice al despertarme fue abrir el cajón de la mesita de luz y ver si estaba la medalla. Y estaba”, contó a Clarín.
Diez años después, sigue ahí. Y también permanece el lugar que Paula Pareto conquistó para siempre en la historia del deporte argentino.