Todos los lunes, miércoles y viernes, a las diez de la mañana, Julia Santos Ludueña transforma el comedor de su casa en Río Tercero, Córdoba, en un pequeño salón de clases. Sobre la mesa acomoda un cuaderno, lápices de colores y espera la llegada de Guillermo Suaya, un maestro rural jubilado que hace un año aceptó un desafío poco habitual: enseñarle a leer y escribir a una alumna de 90 años.
Lo que para muchas personas representa un aprendizaje de la infancia, para Julia es el cumplimiento de un anhelo que permaneció pendiente durante casi toda su vida. "Siempre quiero aprender", afirma con emoción, mientras celebra cada palabra que logra leer y cada ejercicio que completa.
El sueño comenzó a hacerse realidad en junio de 2025. Después de una reunión barrial, reunió el valor suficiente para caminar hasta la casa de Suaya, vecino de toda la vida, y pedirle ayuda. "Maestro, quiero hablar con usted", le dijo antes de formular una pregunta que había esperado décadas: "¿Usted puede ayudarme a leer y escribir?".
Un pedido que conmovió a un maestro
La respuesta llegó de inmediato. Guillermo Suaya, que dedicó su carrera a la docencia rural, recuerda que la propuesta lo emocionó profundamente. Acostumbrado a enseñar a niños, nunca imaginó que una mujer de 90 años golpearía su puerta con semejante deseo de superación.
"Te juro que me emocionó. Toda mi vida trabajé con niños y que una persona de su edad tenga ese coraje y esas ganas de superación fue muy emocionante. Le dije que sí de inmediato", recordó el docente jubilado.
Desde entonces, tres veces por semana, el comedor de Julia se llena de cuadernos, ejercicios y conversaciones. Cada encuentro dura aproximadamente una hora. Además de enseñar letras y números, el maestro deja tareas para continuar practicando hasta la clase siguiente.
Los avances no tardaron en llegar. "Me leyó el diario. La diferencia que hay desde el año pasado hasta ahora es notable", contó orgulloso Suaya, al describir el progreso de su alumna.
Una infancia sin escuela y una vida de sacrificios
Julia nació el 13 de septiembre de 1935 y creció en Villa Ascasubi. En una familia numerosa y de escasos recursos, la escuela nunca fue una posibilidad. Mientras algunos de sus hermanos asistían a clases, ella comenzó a trabajar desde pequeña ayudando en tareas domésticas y haciendo mandados para colaborar con la economía familiar.
Con los años formó su propia familia, pero la prioridad siguió siendo la misma: los demás. Crió a cinco hijos, cuidó durante años a su esposo enfermo y atravesó algunas de las pérdidas más dolorosas que puede enfrentar una persona: la muerte de tres de sus hijos, de un nieto y, posteriormente, de su compañero de vida.
En medio de esas responsabilidades, su deseo de aprender quedó siempre relegado. No por falta de interés, sino porque las urgencias cotidianas ocupaban todo el espacio.
Sin embargo, había una decisión que nunca estuvo dispuesta a negociar. Sus hijos sí tendrían la oportunidad que ella no había tenido. "Siempre dije: mis hijos no van a faltar nunca a la escuela porque yo no los voy a dejar faltar", recordó.
El secreto que guardó durante años
Mientras sus hijos crecían, Julia se sentaba con ellos para acompañarlos durante las tareas escolares. Les daba ánimo y compartía ese momento, aunque escondía una verdad que nadie conocía.
"Les decía: 'Vamos a hacer la tarea'. Pero ellos no sabían que yo no sabía leer ni escribir", relató. Sus hijos recién descubrieron esa realidad cuando ya eran adultos. Ella nunca sintió vergüenza por no haber ido a la escuela; simplemente aceptaba que la vida le había impuesto otro camino.
Hoy esa historia comenzó a cambiar. Julia ya puede escribir nombres, leer textos sencillos y resolver ejercicios que hasta hace poco parecían inalcanzables. Cada nuevo aprendizaje representa una conquista personal.
"Todo esto que he aprendido, que estoy aprendiendo, me sirve. Me sirve para mí", resume con una sonrisa.
Nunca es tarde para aprender
El entusiasmo de Julia también transformó a quienes la rodean. Su familia acompaña con orgullo esta nueva etapa y su maestro decidió incluir su historia en la presentación de su libro Anécdotas de un maestro. Cuando terminó de contar cómo una mujer de 90 años había golpeado su puerta para pedirle que le enseñara a leer y escribir, el público la recibió con una ovación de pie.
Lejos de conformarse con lo conseguido, Julia ya piensa en nuevos desafíos. Quiere seguir aprendiendo, hacer un curso de costura, continuar con las manualidades y sumar nuevos conocimientos.
"Ahora soy feliz. No tengo vergüenza por la edad", asegura. Y cada lunes, miércoles y viernes vuelve a abrir su cuaderno convencida de que nunca es tarde para cumplir un sueño que esperó toda una vida.