Los errores frecuentes con los medicamentos en casa pueden comenzar con decisiones aparentemente inofensivas: volver a tomar un remedio que alguna vez funcionó, abandonar un tratamiento porque desaparecieron los síntomas, partir un comprimido para reducir la dosis o utilizar el medicamento que le dio resultado a un familiar.
El doctor Ariel Gómez, especialista en Clínica Médica del Sanatorio Adventista del Plata, explicó a Elonce cuáles son las prácticas que deberían evitarse y brindó recomendaciones para utilizar los fármacos de manera segura. “Los medicamentos han sido diseñados para ayudarnos y, a veces, por el mal uso terminan perjudicándonos”, resumió Gómez.
A partir de esa premisa, repasó situaciones habituales que pueden comprometer la efectividad de un tratamiento o incrementar la posibilidad de efectos adversos.
Una de las principales advertencias estuvo relacionada con la automedicación. Que un medicamento haya servido frente a determinado cuadro en el pasado no significa que deba repetirse automáticamente cuando aparecen síntomas parecidos. “Tenemos el recuerdo de que un medicamento nos hizo bien en algún momento y tendemos a pensar que siempre va a ser igual”, explicó.
Un mismo síntoma puede tener diferentes causas
La fiebre fue uno de los ejemplos utilizados por el especialista. Aunque la manifestación sea similar a la experimentada meses atrás, la enfermedad que la provoca puede ser completamente diferente. “Los síntomas se repiten, pero la enfermedad que subyace al síntoma puede ser otra. Entonces, no necesariamente el medicamento que usé en aquella oportunidad me va a hacer bien en esta otra”, señaló.
Una situación frecuente se presenta ante las infecciones urinarias recurrentes. Gómez explicó que algunas pacientes conservan como referencia el antibiótico que les indicaron anteriormente y vuelven a utilizarlo cuando reaparecen las molestias. Sin embargo, el nuevo episodio puede requerir otra evaluación e incluso estudios específicos, como un urocultivo, según las características de cada paciente.
La misma precaución alcanza a síntomas habituales como un dolor de garganta o de espalda. “Cada uno de ellos puede responder a distintos motivos”, indicó el clínico y recomendó recurrir a un profesional para determinar si corresponde repetir una medicación o iniciar otro tratamiento.
Antibióticos: por qué no hay que suspenderlos antes de tiempo
Otro de los errores destacados fue abandonar un tratamiento cuando la persona comienza a sentirse mejor. Gómez señaló que la conducta aparece especialmente con los antibióticos: después de dos o tres días, cuando disminuyen los síntomas, algunos pacientes dejan de tomarlos aunque la indicación médica establezca una duración mayor.
“Los antibióticos hay que tomarlos por la cantidad de días que el médico los indicó. Esto es muy importante”, remarcó. El profesional relacionó esta conducta con uno de los problemas sanitarios que preocupa a nivel mundial: la resistencia antimicrobiana, es decir, la capacidad que desarrollan determinados microorganismos para sobrevivir a medicamentos que anteriormente resultaban efectivos.
“Tenemos una crisis en el área de la medicina, que son las bacterias resistentes, y los antibióticos ya no les hacen efecto. En parte es por estas actitudes”, explicó Gómez. Por ese motivo, recomendó no interrumpir ni prolongar por cuenta propia un tratamiento y respetar las indicaciones recibidas.
Ni la mitad ni el doble: respetar la dosis indicada
Modificar arbitrariamente la cantidad constituye otro error frecuente. Puede ocurrir porque el paciente siente que el medicamento “le cae mal”, considera elevada la dosis recetada o compara su tratamiento con el de otra persona.
Gómez utilizó como ejemplo los medicamentos empleados para controlar el colesterol. “El médico me dio 40 miligramos, pero mi primo toma 10. Entonces pienso: ‘Para mí esto es mucho’. Si me cae mal, lo suspendo y voy al médico, pero si no, el médico me dio 40 miligramos por alguna razón y está bueno respetarlo”, ejemplificó.
También advirtió que no todos los comprimidos pueden cortarse. “Las pastillas no siempre están preparadas para que las partamos al medio. Si tienen ranura, en general se pueden partir; si no tienen ranura, en general no. Hacemos mal en partirlas o triturarlas”, explicó. Ante una reacción adversa o dudas sobre la cantidad indicada, la recomendación fue consultar antes de realizar cambios.
Mezclar medicamentos puede aumentar los riesgos
Tomar dos analgésicos o antiinflamatorios diferentes para intentar obtener un alivio mayor tampoco necesariamente mejora el resultado. El especialista planteó el ejemplo de una persona a la que le indicaron diclofenac y, al persistir el dolor, decide intercalarlo con ibuprofeno.
“Agregaríamos más riesgo de efectos adversos sin agregar efecto analgésico”, sostuvo. Es decir, incorporar otro medicamento de características similares puede aumentar los riesgos sin ofrecer necesariamente un beneficio adicional.
También pueden existir problemas cuando el paciente reorganiza por comodidad los horarios establecidos por el profesional. Gómez mencionó como ejemplo a una persona que recibe levotiroxina antes del desayuno y omeprazol en otro momento del día.
Aunque ambos puedan requerir determinadas condiciones para su administración, eso no significa que puedan tomarse juntos. “No podemos mezclar medicamentos que nos dieron por separado en distintos horarios para facilitar y acordarnos, porque muchas veces puede ser contradictorio”, advirtió.
El médico debe conocer todo lo que toma el paciente
Otra escena habitual ocurre durante una consulta cuando el profesional pregunta qué medicamentos utiliza el paciente y la respuesta es “ninguno”. Sin embargo, al profundizar aparecen antialérgicos ocasionales, medicamentos para la presión arterial o la tiroides, vitaminas y suplementos.
“Todos los medicamentos tienen su función, todos tienen su metabolismo y tenemos que saber cuáles utilizamos e informarlos correctamente”, indicó Gómez. El especialista insistió en que incluso aquellos productos incorporados a la rutina desde hace años deben ser considerados al momento de informar un tratamiento.
La recomendación incluyó los suplementos dietarios y vitamínicos. El médico sostuvo que tampoco deberían consumirse simplemente porque otra persona los utiliza. La necesidad y las dosis deben analizarse de manera individual, especialmente porque pueden existir interacciones con otros tratamientos o condiciones particulares del paciente.
Cómo organizarse cuando se toman muchos medicamentos
El desafío aumenta entre quienes necesitan varios fármacos todos los días por enfermedades crónicas. Una persona con hipertensión, diabetes y alteraciones del colesterol, por ejemplo, puede llegar a utilizar seis, diez o más medicamentos en diferentes horarios.
En esos casos, Gómez consideró útiles los pastilleros y otros sistemas de organización, pero recomendó extremar los cuidados para evitar confusiones. “Cuando tenemos la cajita, sacamos el blíster, tomamos la medicación y ponemos el blíster nuevamente en la caja para evitar cualquier tipo de confusión”, explicó.
El objetivo es impedir que un medicamento indicado dos veces al día termine administrándose tres veces o que alguna dosis sea omitida. La misma regla se aplica a los horarios: si una toma fue olvidada, no debe asumirse que corresponde duplicar automáticamente la siguiente. “No puedo volver a juntarlos y tomar una doble dosis al día siguiente, o juntar la dosis de la mañana con la de la tarde”, señaló.
Dónde y cómo guardar los medicamentos
La conservación también forma parte del tratamiento. Una primera regla es mantener los fármacos fuera del alcance de los niños. Gómez recordó que pueden producirse intoxicaciones accidentales cuando los chicos encuentran comprimidos y, al observar que los adultos los consumen habitualmente, interpretan que son inocuos.
Respecto de las condiciones ambientales, explicó que la mayoría debe permanecer en lugares frescos y protegidos del sol y de las temperaturas extremas. No corresponde colocar todos los remedios en la heladera: algunos, como determinadas insulinas, requieren refrigeración, pero esa condición debe estar expresamente indicada.
Además, llamó la atención sobre los blísteres recubiertos con aluminio. Esa protección puede responder a la necesidad de mantener el comprimido alejado de la luz hasta el momento de consumirlo. Por eso, si se utiliza un pastillero, recomendó conservar ese tipo de comprimidos dentro de su envoltorio original hasta la toma. También aconsejó controlar periódicamente el estado de los medicamentos y sus fechas de vencimiento, y descartar aquellos que ya no se encuentren en condiciones de ser utilizados.
Una lista que puede ser clave ante una emergencia
Conocer el nombre y la dosis de cada medicamento puede resultar sencillo para alguien que consume uno o dos productos, pero se vuelve más complejo en tratamientos prolongados. Por eso, Gómez recomendó mantener una lista actualizada y fácilmente accesible.
“Los medicamentos son difíciles de aprender de memoria, tienen nombres raros y complicados. Entonces llevamos una listita en la cartera o en el celular le sacamos una foto”, sugirió. Otra alternativa es dejarla en un lugar visible del hogar para que un familiar pueda encontrarla rápidamente.
La información puede resultar particularmente importante ante una descompensación o una consulta médica imprevista. “Uno nunca sabe: de repente sale para hacer otra cosa y termina necesitando atención médica”, planteó. Saber exactamente qué consume una persona permite que los profesionales evalúen posibles interacciones y conozcan los tratamientos preexistentes.
“A mí me hizo bien”: por qué no se deben compartir remedios
El último hábito analizado fue uno de los más instalados en conversaciones familiares: recomendar o entregar a otra persona el medicamento que funcionó para un problema propio. “A mí me hizo bien esta pastilla, tomá que a vos te va a hacer bárbaro” fue la situación cotidiana con la que Gómez ilustró el riesgo.
El especialista utilizó la hipertensión como ejemplo. Dos personas pueden registrar presión arterial elevada y, sin embargo, necesitar tratamientos diferentes. Antes de indicar determinados fármacos puede ser necesario conocer antecedentes, realizar un electrocardiograma o evaluar la función renal. El embarazo y otras condiciones también pueden contraindicar ciertos medicamentos.
“Compartir medicamentos puede ser un buen gesto, pero puede ser peligroso”, resumió Gómez. Frente a esa práctica, insistió en que la elección de un fármaco no depende solamente del síntoma observado, sino también de las características clínicas de cada paciente.
Las reglas básicas para reducir los errores
Al finalizar, el especialista condensó las recomendaciones en una serie de hábitos: no automedicarse, no ofrecer medicamentos propios a otras personas, respetar dosis y horarios, informar todos los productos que se consumen, mantenerlos correctamente almacenados y consultar ante cualquier duda o efecto adverso.
“No automedicarse, no compartir medicación, tener la medicación en un lugar seguro, conocerla bien y evitar el mal manejo del comprimido hace que evitemos la mayor parte de los inconvenientes”, concluyó Gómez.
Así, acciones tan cotidianas como revisar un blíster, conservar una lista en el celular, respetar un horario o preguntar antes de partir una pastilla pueden convertirse en medidas concretas de seguridad.
La principal recomendación del especialista fue sencilla: un medicamento que resultó adecuado para una persona, una enfermedad o un momento determinado no debe asumirse automáticamente como seguro para otra situación.