Sociedad El auto del general

El coche oficial de los gobiernos de Perón recorre las calles de Paraná

Fue un móvil oficial de la presidencia entre los años 1950 y 1957; es decir, en el primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón, y un poco más también, durante los inicios de la dictadura de Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu.

5 de Octubre de 2014
Germán Rohner, junto a su preciado Buick Eight de 1950.

Lo primero que llama la atención es el todo: un auto de los que ya no transitan la vía pública desde hace décadas. Un Buick Eight de 1950, azul noche con techo en tono crema y el tapizado que combina y hace juego con ambos colores. Su porte y tamaño atraen a la vista desacostumbrada a semejante máquina salida del túnel del tiempo. Luego, los detalles son los que despiertan curiosidad, sobre todo algunas de sus partes como la gran parrilla con sus nueve dientes cromados, y principalmente su patente trasera que ostenta el escudo oficial de la República Argentina.

El vehículo, que pertenece a Germán Rohner, fue un móvil oficial de la presidencia entre los años 1950 y 1957; es decir, en el primer y segundo gobierno de Juan Domingo Perón, y un poco más también, durante los inicios de la dictadura de Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu.

 

Esplendor y decadencia. En 1950 estaba cerrada la importación, pero el automóvil fabricado por la General Motors entró al país a través de la embajada de Italia en Buenos Aires (según figura en sus papeles originales) y enseguida pasó a formar parte de la flota del gobierno. Lo usaron como auto oficial ministros, presidentes, y todos los que pasaron por La Rosada hasta el 57, cuando fue a parar a Esquina, Corrientes. ¿Cómo? Un tal Juárez, que había sido jefe de la Seguridad de Perón, se enteró de que estaba en venta y le pasó el dato a su hermano Guillermo, que vivía en esa localidad, quien vio la posibilidad de adquirir un coche opulento, con historia y posiblemente a bajo costo. Así fue como circuló por Esquina hasta principios de los años ochenta, cuando fue quedando obsoleto a medida que aumentaba las dificultades para conseguir repuestos. Abandonado debajo de un árbol, dado de baja por destrucción total, el Buick pasó al olvido.

 

Resurrección. Casi diez años más tarde, en 1989, Arnoldo Rohner, amante de los clásicos y las antigüedades en general, lo consigue a precio de chatarra para su restauración. Pero no es su único chiche y la reparación se va posponiendo, hasta que su hijo Germán, que heredó la misma pasión, se lo pide al padre y pone manos a la obra en el año 2002. “Se lo compré porque él no le estaba dando bola y a mí me encantaba, imaginate que abrías la puerta trasera y era un sofá lo que tenías, y te dabas cuenta que había mucha historia en ese auto. La trompa con los dientes que tiene lo hace un auto muy lindo. Así que empezamos con los papeles, y una vez que tuvimos todo, cédula, título, etc., encaramos la reconstrucción”, cuenta Germán, de 36 años, que desde 2009 vive en Paraná.

En su mudanza se trajo el Buick en un carretón y lo terminó de restaurar en esta ciudad. “Acá hay muy buenos artesanos restauradores. Tengo un mecánico y un chapista de cabecera, y hay muchas cosas que las hago yo, las que puedo, con lo que sé de mecánica”, explica. En el proceso de restauración se desarma el chasis, se saca la carrocería por un lado y por el otro se hace la mecánica, luego se vuelve a ensamblar con los detalles de tapicería, vidrios y demás. “Son autos que hay que seguir haciéndole cosas porque nunca los terminás”, dice Germán, que calcula haber invertido unos 20 mil dólares en esa empresa. “Desde la parte económica no es rentable, vale porque es de colección, me lo han querido comprar hasta de Brasil, pero me genera muchos sentimientos y si no necesito la plata no lo voy a vender”, afirma el dueño actual, miembro de la comisión del Club de Autos Antiguos y Clásicos de Entre Ríos (Caacer). Muchas de las piezas las consiguió originales, traídas desde Estados Unidos o de desarmaderos de Buenos Aires; otras las tuvo que fabricar o adaptar, “siempre manteniendo la línea estética, eso es lo fundamental”, sostiene.

 

Por las rutas entrerrianas.

El auto, con sus ocho cilindros en línea, está estacionado en el garaje de su casa. Pesa unas dos toneladas, gasta 17 litros de nafta súper cada 100 kilómetros, y el traslado puede alcanzar unos 80 o 90 kilómetros por hora. Germán señala que lo disfruta en familia. “Es lindo para pasear y participar en los rallys. Salgo a andar, pero tenés que buscar el momento exacto para usarlo: tiene que ser un día fresco, porque es un auto bastante caliente con su tapizado de lana, cuero, alfombra… No lo uso tanto en la ciudad porque es como un colectivo, tiene un radio de giro muy limitado, es tosco para moverlo. Lo ideal es salir por el camino de las aldeas, más los fines de semana que no hay nadie”, cuenta Rohner.

“Cuando manejás te sentís como que de golpe te pusieron la careta de un famoso porque de repente todo el mundo te mira, desde los chicos que lo confunden con los autos de Cars (hay un Hornet 51 bastante parecido en el dibujito), hasta la policía que me frena para observarlo. Cuando voy andando muchos aparecen con una cámara para sacarte fotos, me han parado autos que se me han cruzado en la ruta. Llama mucho la atención”, detalla Germán.

Mientras vivía en Esquina, fue reconstruyendo la historia a partir de lo que le contaba la gente mayor que conocía el vehículo y lo recordaba por su patente original del Gobierno Nacional. También se contactó con los Juárez, que se mudaron a Buenos Aires, quienes le prometieron fotos antiguas que hasta el momento nunca llegaron.

En La Rosada, en cambio, no hay registros ni archivos de los autos oficiales que pasaron por esa institución, aunque Rohner recibió recientemente una propuesta para exponer su Buick durante los meses de verano en el Museo del Bicentenario, ubicado en la Casa de Gobierno en Buenos Aires.

Por ahora, quienes se asomen al Rally de las 100 Millas Históricas de Paraná, que se realizará a principios de noviembre, podrán ver rodar esta joya que es parte de la historia del Siglo XX, por las lomadas de nuestro Litoral.

 

Buick 1950, el auto de la gran dentadura

Uno de los símbolos más importantes del poderío y la opulencia de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial eran los grandes automóviles, vistosos y potentes. En Europa, la parrilla del Buick construido en Estados Unidos fue conocida como “the dollar grin”, la sonrisa de los dólares, porque representaba la riqueza de ese país en plena reconstrucción europea de posguerra. Los principales fabricantes de la época eran la General Motors, Ford y Chrysler, pero para fines de los años 40 aparecieron empresas como Studebaker y Hudson que intensificaron la competencia, acelerando el desarrollo de nuevos modelos en los automotores. Los Biuck, fabricados por GM, adoptaron un estilo contemporáneo inspirado en la aeronáutica. En 1950 se presentó una variedad de modelos en tres series: Special, Super y Roadmaster. La particularidad de la línea era que la parrilla estaba compuesta por nueve dientes salientes (“buck teeth”) que cubrían el paragolpes. En los modelos anteriores, estos dientes eran más discretos y estaban detrás del paragolpes. Al año siguiente se decidió no continuar con la famosa parrilla de dientes protuberantes porque en caso de colisión eran vulnerables al estar delante del paragolpes; y además porque cada diente era diferente, y las casas de repuestos tenían que tenerlos a todos en sus inventarios.