Jorge Ignacio Heinze, joven entrerriano y sobrino de Gabriel Heinze, sufrió un grave accidente vial en Mendoza que derivó en la amputación de una pierna. Con humor, fortaleza y el apoyo de su entorno, logró rehacer su vida personal y profesional.
El sobrino entrerriano de Heinze perdió una pierna y hoy pudo rehacer su vida luego de atravesar uno de los momentos más críticos de su historia personal. Jorge Ignacio Heinze tenía 29 años cuando despertó en una cama del Hospital Central de Mendoza convencido de que era martes 10 de diciembre de 2024. Miró a su familia y les dijo que podían quedarse en el departamento que había reservado hasta el jueves. “Pero es domingo 15”, le respondió su papá. Ignacio no lo sabía, pero llevaba siete días inconsciente.
Durante esa semana, su vida había cambiado para siempre. El accidente ocurrió en la madrugada del lunes 9 de diciembre, sobre la ruta 7, en el ingreso a Mendoza. Viajaba junto a su pareja para pasar unos días de vacaciones cuando un violento choque lo dejó gravemente herido. La pelvis estaba fracturada y una de sus piernas había quedado comprometida de manera irreversible. “El accidente me apretó tanto la arteria femoral que no tenía circulación sanguínea con esa pierna”, explicó más tarde.
Los médicos intentaron salvarle la pierna izquierda y lo sometieron a varias intervenciones quirúrgicas. Sin embargo, la falta de irrigación y el riesgo vital obligaron a tomar una decisión extrema. “Deciden llevar a cabo la amputación porque era la vida o la pierna”. Ignacio no escuchó esa frase: ya estaba inconsciente. Recién despertó una semana después.
La reacción que sorprendió a todos
Cuando abrió los ojos, Heinze estaba desorientado. Tenía fierros cruzados sobre la cadera, dolor en todo el cuerpo y una sensación extraña. “Sentía mi pierna común y corriente, hasta hoy tengo la sensación del miembro fantasma”, relató. Dos días después, su papá se sentó frente a él y le contó la verdad.
La reacción del joven sorprendió a todos. “Lo primero que le dije fue: ‘Papi, no te preocupes que tengo otra’. Cuando vi el impacto del auto no podía creer que estuviera acá. Era como decir tranquilo, que vamos a poner el pecho”, recordó. La dimensión real de la amputación llegó recién cuando intentó levantarse solo. “Ahí dije: ‘ah mierda, ahora sí me falta una pierna’”.
Quince días en terapia intensiva
Ignacio estuvo 15 días internado en terapia intensiva. Lejos de ser un período oscuro, lo recuerda como un tiempo especial. “No me quería ir de terapia”, confesó. Las enfermeras y los médicos se convirtieron en su mundo cotidiano. Charlaban, tomaban mate y escuchaban música. “Ponía cuarteto mientras me higienizaban para pasar el momento incómodo”, contó entre risas.
Cuando pasó a sala común, el vínculo continuó. “Se escapaban de terapia intensiva y subían dos pisos para verme”. Un año después del accidente, siguen en contacto y realizan videollamadas con parte del equipo de salud que lo acompañó.
Volver a empezar, desde otro lugar
A los 25 días recibió el alta y regresó a Rosario. No volvió a Córdoba ni a la vida que llevaba antes del accidente. Dependía de bastones, no tenía prótesis y necesitaba ayuda para casi todo. “Pasé a ser una persona dependiente”, definió. Aun así, tomó una decisión que marcó su carácter: alquiló un departamento en el centro, cerca de kinesiología, y comenzó a reconstruir su autonomía.
“Choco un 9 de diciembre y en febrero ya estaba viviendo solo en Rosario. ‘Pará flaco’, me decían. Yo me mando. Se me pueden caer los vasos, se romperán, pero sigo adelante”, explicó. La rehabilitación fue agotadora y también emocional. “Tuve que aprender que ya soy una persona discapacitada, pero lo tomé como soy ante la vida: una lesión más que me tengo que rehabilitar”.
El golpe más fuerte
Lo que más le dolió no fue la amputación en sí, sino el impacto en su identidad laboral. Ignacio es licenciado en Educación Física. Vivía del movimiento, del cuerpo, del deporte. “No puedo jugar más al fútbol. No puedo enseñar a cómo golpear una pelota. Ese Nacho hiperactivo se terminó un poco”, reconoció. La angustia apareció cuando entendió que había cosas que ya no podía hacer.
Hoy camina con una prótesis y aprende todos los días a adaptarse a un cuerpo distinto. “La misma forma de vivir que tengo ahora con una pierna la tenía antes con dos”, asegura.
El espacio que le salvó la vida
En 2020 había iniciado su propio emprendimiento de entrenamiento físico. “Arranqué con una motito, dos discos y unos conitos”, recordó. Con el tiempo, el espacio creció, aunque luego se fue a trabajar a una escuela en Córdoba y dejó el proyecto en manos de un socio. Tras el accidente, ese lugar se transformó en su sostén.
“Daba indicaciones a los gritos sentado en el parque. Me costaba que me vieran con una pierna”, confesó. Hoy entrena a unas 50 personas, da clases presenciales y a distancia, y trabaja desde la mañana hasta la noche en distintos puntos de Rosario. Incluso entrena a personas que atravesaron amputaciones similares.
“Por más que te falte una pierna no estás apto automáticamente para entrenar a alguien con discapacidad, fue un desafío”, explicó a Clarín. Su grupo “baila a su ritmo”, como él mismo dice, y muchas personas se enteran de su amputación recién cuando empiezan a entrenar. “Uso mucho humor negro, libero a la gente para que pregunte lo que quiera”.
El presente y los desafíos
Un año después, Ignacio sigue lidiando con el dolor, la prótesis y la burocracia. Espera una respuesta de su obra social para acceder a una prótesis más avanzada, que le permitiría caminar y moverse con menor esfuerzo. Mientras tanto, se traslada en scooter por Rosario. A veces, los chicos lo miran y le dicen “Iron Man”. Él se ríe, aprieta un botón de la prótesis y la hace girar.
“Siempre dije ‘tengo una pierna’, en vez de decir que me falta una. Prioricé la vida”, repite, como una convicción que lo acompaña desde aquel despertar en el hospital.