Paraná Historia de vida

Pintor de Paraná que dejó su huella en los edificios comienza a despedirse de las alturas

Durante décadas, Javier Micheloud pintó murales y carteles a decenas de metros del suelo. A los 62 años, comienza a cerrar una etapa marcada por el riesgo, el arte y el oficio aprendido a pura experiencia. Su legado, asegura, continuará en manos de sus hijos.

5 de Marzo de 2026
Pintor de Paraná que dejó su huella en los edificios comienza a despedirse de las alturas

Quienes recorren la ciudad y miran hacia lo alto seguramente se han cruzado más de una vez con su trabajo. Durante años, Javier Micheloud colgó de sogas, andamios y silletas para pintar murales, carteles y grandes gráficas en edificios que hoy forman parte del paisaje urbano.

Su nombre está ligado a algunos de los trabajos más recordados de la ciudad: el mural del histórico edificio de El Diario, visible desde lejos al transitar por calle Pellegrini; el imponente cartel que acompañó la llegada de Walmart a la capital entrerriana; o el retrato de San Juan Bosco en el colegio Don Bosco, una obra que con el tiempo se volvió emblemática.

Ahora, con más de seis décadas de vida y miles de metros de pared pintados, Micheloud comienza a transitar un momento especial: sus últimos trabajos como pintor en altura extrema.

 

“Estamos terminando una obra y podría decirse que es uno de los últimos trabajos de altura”, contó a Elonce mientras avanzaba con la pintura en uno de los laterales del edificio del Instituto del Seguro. Y enseguida aclaró, con una sonrisa: “Digo entre comillas, porque siempre me están llamando y todavía me siento bien. Estamos pisando los 63 años y seguimos firmes”.

El respeto por la altura y la pasión por el oficio

Para quien lo ve colgado a varios pisos del suelo, el trabajo puede parecer temerario. Pero para Micheloud, el secreto está en el oficio y la concentración.

“Una vez que estoy con el pincel en la mano dibujando, ya ni me acuerdo de que estoy a 15 o 16 pisos de altura”, explicó. “No sé si hablar de miedo, pero sí de respeto. Es como el río o el agua: hay que tenerle respeto”.

 

Durante años trabajó en condiciones que hoy serían impensadas. En sus comienzos, la seguridad no era la misma que la actual. “Hubo un tiempo en el que no usábamos nada. Ni arnés, ni soga de vida. Solo un nudo común. Después aparecieron los sistemas de seguridad y hoy usamos salvacaídas y todo lo que exigen los ingenieros”, relató. Aun así, el oficio siempre fue más fuerte que el riesgo.

 

“Ayer estuve seis horas en la silleta, colgado pintando. Seis horas seguidas”, comentó con naturalidad, como quien habla de una jornada cualquiera.

El legado que quedará en la familia

La decisión de empezar a dejar las alturas no tiene que ver solo con el paso del tiempo. También hay una razón mucho más cercana al corazón.

“Es un poco la edad y otro poco la familia”, confesó. “Mi señora Sandra se preocupa mucho. Me dice que ya estoy grande y tiene miedo. Y la familia quiere cuidarme”.

Sin embargo, la historia no termina allí. Porque el oficio, como tantas tradiciones, seguirá dentro de su propia casa.

 

“Tengo un hijo que baja con la soga como hago yo, y otro que se dedica a los dibujos y los diseños a escala. Así que el trabajo va a seguir en la familia”, contó con orgullo.

Mientras tanto, él planea continuar ligado al arte, aunque lejos de las alturas más extremas.

 

“Voy a seguir pintando murales artísticos, cartelería, lo que sea. Lo que vamos a aflojar un poco es la altura extrema”, explicó.

Pintor de Paraná que dejó su huella en los edificios comienza a despedirse de las alturas

Murales que quedaron en la memoria

Entre todas las obras que realizó, algunas quedaron especialmente grabadas en su recuerdo.

Una de ellas fue el mural de San Juan Bosco, pintado en el colegio Don Bosco en 2009, cuando llegaron las reliquias del santo. “Ese trabajo me llenó de amigos”, recordó. “Yo soy autodidacta, nunca estudié dibujo ni retrato. Todo lo aprendí solo. Y esa obra generó un vínculo con muchísima gente”.

También guarda memoria de trabajos en distintos puntos del país, muchos de ellos a gran altura y en condiciones difíciles. “Pintamos en el Banco Galicia, en Córdoba, en Bahía Blanca, en Mar del Plata para Quilmes. Son paredes altísimas y con mucho viento”, relató.

 

En Bahía Blanca, incluso, trabajó con temperaturas extremas. “Nos tocó pintar con cuatro grados bajo cero y vientos de 50 o 60 kilómetros por hora. Allá en el sur el viento es tremendo”, recordó.

Entre el viento, el frío y el calor

El clima es otro de los grandes desafíos del trabajo en altura. “El otro día el calor era impresionante, con viento norte. No podía ni usar casco ni gorro”, contó. “Terminé con la cabeza al sol y bastante bronceado”. Pero si hay algo que realmente detiene el trabajo es la lluvia. “El frío o el calor se aguantan, pero la lluvia es lo único que te obliga a suspender”, explicó.

Un oficio que resiste al paso de la tecnología

Durante los años 90, cuando aparecieron el plotter y las gigantografías, muchos pensaron que la pintura mural desaparecería.

Pero ocurrió exactamente lo contrario. “Parecía que el oficio se terminaba, pero fue creciendo cada vez más”, explicó Micheloud. “Muchas empresas multinacionales siguen apostando a la pintura”. La razón es simple: la durabilidad. “Una gigantografía puede durar un año o un poco más. En cambio, un mural pintado puede mantenerse diez o doce años”, detalló. Además, la pintura cumple otra función importante. “También impermeabiliza la pared porque se usan materiales plásticos especiales”, explicó.

La despedida de las alturas

Hoy, mientras termina uno de sus últimos trabajos en altura extrema, Micheloud mira hacia atrás y repasa una vida entera colgado de edificios, pintando historias que quedaron impresas en la ciudad.

 

“Vamos a seguir pintando, pero ya un poco más tranquilos”, dijo.

Calle Entrerriana Don Bosco Mar del Plata Paraná