Sociedad

A los 70 años, un docente cruzó la Cordillera de los Andes a caballo y cumplió su sueño

El docente salteño Ramón Rosconi cruzó la Cordillera de los Andes a caballo durante cinco días, reviviendo la gesta sanmartiniana en una travesía espiritual junto a su hijo.

29 de Enero de 2026
Ramón Rosconi junto a su hijo

El docente salteño Ramón Rosconi cumplió el sueño de cruzar la Cordillera de los Andes a caballo, alcanzando los 4.400 metros de altura, en una travesía que definió como un desafío espiritual y una lección de vida compartida junto a su hijo. Decidió celebrar sus siete décadas de vida de una manera poco convencional: al ritmo pausado y firme del casco de un caballo.

 

No fue un festejo tradicional, sino una inmersión de cinco días en la inmensidad cordillerana, siguiendo las huellas históricas de la gesta sanmartiniana. La aventura, que se gestó como un regalo de cumpleaños de sus hijos, se llevó a cabo entre el 15 y el 19 de enero.

 

La travesía comenzó en el Manzano Histórico, en Mendoza, un sitio emblemático donde la tradición señala que el general José de San Martín descansó tras la campaña libertadora. Desde allí, Rosconi inició un exigente ascenso que lo llevó a enfrentarse a sus propios límites físicos y emocionales.

Adrenalina y silencio

El grupo, integrado por jinetes y caminantes, avanzó por senderos de “cabra”, donde la pericia de los arrieros locales y la fortaleza de los caballos de montaña resultaron fundamentales. Rosconi describió la experiencia como una combinación constante de belleza y riesgo.

 

«Es una adrenalina permanente, tanto en lo lindo como en el temor. Hay momentos en que ni nos mirábamos por el riesgo, donde la rienda debe ir firme porque tenés el precipicio de un lado y la pared de la montaña del otro», relató.

 

La expedición no estuvo exenta de dificultades. Durante la primera noche, al alcanzar los 3.400 metros de altura, el docente sufrió los efectos del soroche o puna. Sin embargo, el acompañamiento de su hijo Luciano y la solidaridad del grupo —integrado por profesionales argentinos y uruguayos— le permitieron recuperarse y continuar hasta alcanzar la cima.

Contraste de sentidos

Más allá del esfuerzo, la travesía ofreció postales inolvidables: el vuelo de un cóndor que impuso silencio, el avistamiento de guanacos y la pureza de los ríos de deshielo.

 

«Nos bañábamos en el río a 8 o 10 grados, un ‘baño inglés’ en plena corriente tipo cascada», recordó entre risas, y destacó que en la montaña no se permitió el uso de jabones para preservar el ecosistema.

Luciano Rosconi, quien acompañó a su padre durante todo el recorrido, subrayó la mística de las noches cordilleranas: «Teníamos las estrellas prácticamente en la cara, veíamos estrellas fugaces constantemente».

 

Quiebre emocional

El momento más intenso del viaje se vivió al llegar al Portillo Chileno, en el límite fronterizo. Frente a las banderas y a 209 años del cruce original de San Martín, la emoción fue incontenible.

 

«Me quebré, lloré mucho. Terminamos casi todos abrazados. Fue un desafío donde la emoción estuvo en cada momento», confesó Rosconi a Diario Cambio.

La travesía finalizó con anécdotas y símbolos, como el regalo de una herradura de vaca por parte de los arrieros, recuerdo del antiguo comercio ganadero en la zona, y cenas de risotto y asado bajo el cielo infinito.

 

Para Ramón Rosconi, la experiencia fue más que turismo aventura: representó una reafirmación de que las cosas “hay que hacerlas en vida”, aceptando que, ante la inmensidad de la naturaleza, el ser humano puede sentirse pequeño, pero su espíritu puede alcanzar las cimas más altas.

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