REDACCIÓN ELONCE
En el Mes de la Adopción, Laura Martincich compartió con Elonce su experiencia como mamá y planteó la necesidad de poner en el centro el derecho de niños y adolescentes a crecer en una familia. “Nos vamos constituyendo en familia”, afirmó.
La experiencia de una mamá por adopción puso voz a una realidad atravesada por esperas, expectativas, encuentros y, sobre todo, por los derechos de niños, niñas y adolescentes que necesitan una familia. Laura Martincich compartió con Elonce su historia y dejó una definición central: “El derecho es del niño, niña o adolescente a vivir y crecer en una familia”.
Su testimonio se conoció este martes durante un conversatorio realizado en el Centro Cultural La Hendija, en Paraná, en el marco del Mes de la Adopción en Entre Ríos. La actividad llevó como título “Adopción: entre los deseos adultos y los derechos de niños, niñas y adolescentes” y buscó visibilizar una realidad que, según remarcaron durante el encuentro, todavía está atravesada por mitos y desinformación.
Martincich, responsable además de La Hendija Ediciones, participó del panel desde una experiencia profundamente personal: junto a Armando es madre por adopción desde 2017. A casi una década de aquel encuentro que transformó sus vidas, aseguró que convertirse en familia no ocurrió de un momento para otro. “Nos vamos constituyendo en familia, porque no lo somos desde el principio. Eso se construye”, expresó.
El derecho de los niños, en el centro
Uno de los puntos centrales del conversatorio fue diferenciar el deseo legítimo de una persona adulta de ser madre o padre del derecho que busca garantizar el instituto de la adopción. “Hay que poder diferenciar qué es el deseo del adulto de ser mamá o papá y cuál es el derecho de los niños”, sostuvo Martincich.
La actividad reunió a personas que esperan formar una familia por adopción, profesionales y especialistas vinculados con la temática. Entre los participantes estuvieron también una hija por adopción y el doctor Maximiliano Benítez, quien presentó datos sobre los perfiles elegidos por quienes se inscriben para adoptar.
Allí apareció una de las principales dificultades del sistema: la distancia entre las expectativas de numerosos postulantes y la realidad de los chicos que esperan una familia.
Según explicó Martincich a partir de lo abordado durante el encuentro, la mayoría de los pretensos adoptantes se inscribe para niños de entre cero y tres años, mientras que muchos de quienes están en situación de adoptabilidad tienen edades mayores.
Quiénes esperan una familia
“Por lo general, los niños que están en situación de adoptabilidad son preadolescentes o adolescentes, grupos de hermanos o niños y niñas con alguna enfermedad o discapacidad”, explicó. Esa diferencia entre los perfiles disponibles y las expectativas de los adultos influye directamente en los tiempos de espera.
La entrevistada buscó también desmontar una idea instalada: que todo proceso de adopción necesariamente implica años de trámites y burocracia. Su experiencia familiar, contó, fue diferente. “Una de las cosas que siempre se cree es que la espera es muy larga o que es todo muy burocrático. En nuestro caso no fue así, fue todo muy rápido”, recordó.
Sin embargo, aclaró que esa experiencia no puede generalizarse y que los plazos se encuentran relacionados, entre otros factores, con la disponibilidad adoptiva de cada postulante. “Quien se inscribe en un perfil de niños más pequeños tiene otro tiempo de espera”, señaló.
El encuentro con un niño que tiene su propia historia
Más allá de los trámites y las estadísticas, Martincich se detuvo en una dimensión menos visible de la adopción: el momento en que adultos y niños comienzan a conocerse. Para quien llega a una casa nueva, explicó, las personas que lo reciben todavía son desconocidas y el vínculo necesita tiempo para construirse.
“Es una experiencia de mucha movilización”, definió. Y profundizó: “Es difícil alojar a otro, a un niño, niña o adolescente que viene con su historia, por más pequeño que sea. Eso es muy importante decirlo”.
En ese proceso, señaló, conviven emociones que pueden parecer contradictorias. Está la alegría de ser madre o padre y la felicidad del encuentro, pero también aparecen las experiencias previas de cada chico, sus temores, sus necesidades y sus propios tiempos. “Convive todo eso: la alegría de ser mamá, de ser papá, la alegría del encuentro y, a su vez, todo lo que ellos traen”, manifestó.
“Somos desconocidos” cuando comienza la vinculación
Martincich puso especial énfasis en mirar ese primer acercamiento desde la perspectiva del niño. “Tenemos que pensar que vienen a una casa o vienen a conocer a desconocidos, porque somos desconocidos”, señaló. Por eso consideró fundamental que las vinculaciones sean acompañadas por los equipos profesionales.
La adopción, insistió, tampoco termina cuando concluye esa primera etapa. “No es que se termina una vinculación o una guarda y después ya está todo bien”, afirmó. La construcción familiar continúa después y va transformándose con el crecimiento de los hijos.
En su caso, ese recorrido comenzó hace casi una década y hoy transcurre una nueva etapa. Sus hijos son adolescentes y, junto con los desafíos propios de la edad, surgen situaciones relacionadas con experiencias anteriores a la conformación de la familia.
“Seguimos construyendo un montón de cosas. Siguen apareciendo muchas que son propias de la edad, pero también tienen que ver con situaciones vividas que hay que aprender a reconocer”, relató.
Hablar de adopción para derribar prejuicios
Para Martincich, visibilizar estas historias resulta fundamental para terminar con ideas equivocadas que todavía persisten socialmente. Por eso valoró la realización del conversatorio y consideró necesario que la adopción sea abordada más allá de los espacios especializados.
“La adopción es un tema que hay que hablar en todos los ámbitos”, afirmó. Entre ellos mencionó especialmente a la escuela, donde niños y adolescentes desarrollan una parte central de sus vínculos y donde también pueden aparecer interrogantes, comentarios o prejuicios vinculados con sus historias familiares.
“Es importantísimo poder hablar y derribar algunos mitos sobre cosas que la gente cree o piensa de una persona que es hijo por adopción, de los padres o de la familia, y que en realidad son mitos, desconocimiento o desinformación”, explicó.
Respetar las historias y los tiempos
La mamá por adopción reclamó, además, sensibilidad a la hora de preguntar, hablar o intervenir en torno a estas historias. Cada niño o adolescente atravesó circunstancias particulares antes de llegar a una familia y esa información forma parte de su intimidad.
“Hay que indagar y respetar la cuestión de la información, de la sensibilidad y de cómo tratar algunos casos”, sostuvo. Y agregó que es necesario comprender que “los niños son niños y los adolescentes son adolescentes”, pero algunos de ellos atravesaron situaciones complejas que pueden hacer que sus procesos sean diferentes.
A casi diez años de haber iniciado su propia experiencia, Martincich resumió así una construcción que permanece abierta: no existe un instante preciso en el que una familia quede definitivamente constituida.
Hay un encuentro inicial, una vinculación y un recorrido posterior en el que adultos y chicos aprenden a reconocerse. Y, por encima del deseo de quienes esperan adoptar, permanece el principio que atravesó todo el conversatorio: poner en el centro a los niños, sus historias, sus derechos y sus tiempos.