Sociedad Terrible caso en Santa Fe

Tras varios robos, sujetos quemaron casa con su dueño de 82 años en el interior

Tenía 82 años y murió en un hospital de Santa Fe, tras una agonía de más de dos semanas. Por meses, delincuentes se le metieron en la casa para golpearlo y robarle. Finalmente, incendiaron su vivienda con él atrincherado en la pieza.
La muerte de Jaime Medina no fue sorpresiva. Los vecinos trataron de cuidarlo, pero su final fue inevitable. Don Jaime, como todos le decían, tenía 82 años y era jubilado de la Empresa Provincial de la Energía. Hacía décadas que vivía en barrio Schneider, en su casa de Milenio de Polonia al 4000, a metros del Cementerio Municipal. Era un hombre divertido, al que le gustaba jugar a las bochas; una persona que siempre pensaba en positivo, a pesar de distintas tragedias que cargaba sobre su espalda.

Según relatan los habitantes de esa zona, la semana previa al ataque final a Don Jaime fue terrible. "Eran dos o tres robos todos los días. A los chicos que volvían de la escuela los cazaban para sacarles mochilas y celulares. También se metían por los patios. Se llevaban lo que había afuera. También desaparecieron bicicletas que quedaron en la calle", recordó una mujer.
Desde hacía meses que los delincuentes rondaban la casa de Medina. En tres oportunidades se le habían metido, con él adentro. Siempre lo golpearon, siempre le robaron. "Él hacía la denuncia y los policías venían, pero sólo tomaban nota y se iban. Decían que no podían hacer mucho", se resignó un amigo del barrio.
Encerrado con un cuchillo
Los asaltantes aprovechaban un talón de Aquiles que tenía el inmueble, un pasillo que les daba libre acceso a la parte trasera, donde había una puerta que "saltaba" a la primera patada. Don Jaime estaba indefenso. La madrugada del 18 de junio pasado, los malvivientes volvieron a la carga. Esta vez, al escuchar el estruendo y ver que cedía la abertura, el dueño de casa logró encerrarse en una de las habitaciones. Como pudo, resistió ahí adentro, con un cuchillo en sus manos.

Enojados, los criminales rociaron todo el lugar con kerosene y le prendieron fuego antes de escapar. Eran aproximadamente las 4. Una hora más tarde, con la ayuda de una dotación de la Agrupación de Bomberos Zapadores de la URI, los vecinos pudieron rescatar a Medina. Lo sacaron por una ventana del frente, luego de romper la reja que lo aprisionaba. Don Jaime estaba vivo, pero había sufrido consecuencias que iban a resultar fatales días más tarde. Las llamas casi no lo habían dañado, pero para ello los bomberos tuvieron que empaparlo con agua. La temperatura ambiente era extremadamente baja en ese momento. Además, el hombre tenía un severo cuadro de intoxicación, por la inhalación de gases de la combustión.
No tenía cómo defenderse
Una ambulancia lo trasladó de urgencia al Hospital José María Cullen, donde quedó internado. Agonizó hasta la mañana de este martes, cuando finalmente dejó de existir. "Se lo llevaron esa madrugada y ya no volvió", se lamentó una vecina.
"Era un hombre grande -agregó-. No tenía cómo defenderse de estos tipos. Ayudaba a todos los que pasaban pidiendo. Era bueno y confiado. Lo cuidábamos entre todos. Muchas veces le quisieron robar. Siempre controlábamos que cierre bien puertas y ventanas. Lo retábamos porque se quedaba leyendo en la puerta, muy expuesto, indefenso. Todos lo queríamos".
Mientras Don Jaime permaneció en el hospital, los vecinos se turnaron para cuidar su casa. "Sabemos que se le metieron al menos cuatro veces en ese período. Se tomaron su tiempo. Se llevaron todo lo que no se había quemado. Televisores, muebles... No dejaron nada. Como si fuera poco, hoy (por ayer) se metieron tres mujeres de Villa Oculta con sus hijos. Los tuvo que sacar la policía. Ya lograron lo que querían: matarlo para meterse en la casa, que es muy grande", aseguró a El Litoral un hombre que vive a escasos metros.
Vecinos con miedo
"Tenemos miedo de lo que pueda pasar. Somos trabajadores y volvemos tarde a casa. Hay muchos chicos en el barrio. A los delincuentes no les importa nada. Queremos vivir tranquilos pero es imposible. Estamos cansados. Queremos seguridad. Cada vuelta al hogar es una situación tensionante. Bajamos del colectivo y ya nos están esperando para robarnos. Se pasean por los techos, se meten en los patios. Ni los perros los paran. Y esto pasa a toda hora", se quejó.
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