Sociedad Atendió a cuatro generaciones

Anécdotas de un médico de pueblo chico que está de guardia los 365 días al año

Javier Fernández Olaechea es el único médico de un pueblo bonaerense de 800 habitantes. Ya atendió a cuatro generaciones. Sus anécdotas van desde el asado con los vecinos hasta ayudar con el ganado para que el paciente acepte ser atendido.
El llanto de un recién nacido en la noche estrellada del campo, trabajadores del frigorífico con los ganglios como huevos por la brucelosis, peones rurales amputados por el engranaje de las máquinas, estancieros infartados sobre el filo de un alambre tensado, ancianos con escaras postrados en sus camas de hierro y con la piel pegada a los huesos. Cuatro generaciones de pacientes. Todos. El médico rural, el único en el pueblo, lo ha visto todo. A principios de los años '80, Javier Fernández Olaechea obtuvo su título en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de La Plata y buscó instalarse en un lugar pequeño, donde pudiera trabajar, tener caballos y también dormir la siesta. Decidió, entonces, instalarse en Rafael Obligado, un punto pequeño al noroeste en el mapa de la provincia de Buenos Aires.
Tranquila localidad
Rafael Obligado es una localidad que pertenece al partido de Rojas y está ubicada a veinte minutos de esta ciudad cabecera. Desde la ruta provincial 188, a 280 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, un camino asfaltado con hileras de fresnos y campos sembrados a ambos lados permite llegar al pueblo de 800 habitantes y poco más de treinta manzanas. Sencillo y semejante a los demás del interior: una plaza principal, una iglesia y la delegación con escudo y bandera. Hay casas bajas sin rejas y jardín al frente, dos almacenes de ramos generales con estanterías al techo y pisos de madera, bicicletas en las puertas sin candado y señores con boina que deambulan a paso lento.

"Hace poco el Concejo Deliberante de Rojas me distinguió por ser el último médico rural del Partido, hace varios años iba con el chofer de la ambulancia a ver pacientes al campo y ahora atiendo a todos los vecinos del pueblo. Soy el único que está siempre acá, no sé qué va a pasar el día de mañana, porque yo creo que los profesionales jóvenes quieren estar en las grandes ciudades, hacer las guardias y después especializarse con todos los aparatos nuevos, no quieren vivir en lugares así", dice Javier y hace jugar su anillo plateado.
En la unidad sanitaria
Javier Fernández Olaechea tiene 65 años, estatura media, el pelo blanco en canas, lentes y barba de corte candado. Nació en Cuenca, España, y cumplido los nueve vino con sus padres y tres hermanos a la Argentina. Se instalaron en Alberdi, otro pueblo de la región, y nunca más se fue. Hoy vive en Rafael Obligado, con su mujer tres años menor. Sus cuatro hijos estudian en Rosario.

Ahora el médico está en la unidad sanitaria, la salita del pueblo, que tiene un apartado de espera con bancos de madera, dos consultorios para los especialistas que llegan una vez por semana, un espacio de emergencias con desfibrilador, equipo para electrocardiogramas y tubos de oxígeno. Poco, pero igual alcanza. Es una mañana de ambiente húmedo y caluroso en Rafael Obligado: afuera, el cantar constante de los pájaros y el andar lento de las camionetas de doble tracción en las ruedas; adentro, Javier atiende a sus pacientes. Y charla.
Asados con los vecinos
"No hay casa de este pueblo en la que no haya entrado. Cuando camino por la calle pienso en eso, y en los que ya no están. Mis pacientes son mis amigos, me llaman a mi casa, me consultan por la calle, comemos asados. Yo los atiendo, pero también charlo. Nunca me gustó esa relación fría que tienen los médicos de la ciudad, acá tratamos de resolver todos los problemas que podamos."

Está de guardia permanente desde 1984, lleva su teléfono celular en el bolsillo los 365 días del año y cuando sale del pueblo, todos saben dónde encontrarlo. En los últimos treinta y tres años se ha levantado antes de la mesa una infinidad de veces, ha interrumpido almuerzos en familia, siestas y eventos para atender a los vecinos que lo buscaban. Si no está en horario de trabajo, tocan timbre en su casa. Si está fuera, lo llaman por teléfono. Psicólogo, confesor y amigo, Javier se levanta a las seis de la mañana, atiende a un promedio de 50 pacientes por día, y se acuesta a la una de la madrugada. En su tiempo libre lee, descansa, cuida a sus perros, va a ver a su caballo y sale a andar en bicicleta.
Atender siempre
Es el hombre que siempre trabajó solo, con el estetoscopio y el ojo clínico como únicos recursos para hacer un diagnóstico. Durante las décadas del '80 y '90 fue a ver enfermos que vivían en las estancias, en los antiguos caserones rurales de galerías amplias y tejas coloradas, o a ranchos con techos de chapa; comúnmente, algún familiar se acercaba a avisar que lo necesitaban y Javier salía de inmediato con el chofer de la ambulancia: una F100 color celeste, modelo '83 y palanca de cambios al volante. Con el tiempo, el cultivo comenzó a cubrir casi la totalidad de la zona, hubo cada vez menos espacios para el ganado vacuno, y la gente del campo se fue a vivir al pueblo.

Javier cuenta que, cierto día, no recuerda cuándo, un hombre golpeó la puerta de la casa y pidió ayuda para su madre que estaba en el campo y muy enferma. El miró la hora, eran las cinco, miró al cielo: un manto de nubes negras avanzaba desde el sur. Esa noche planeaba comer con su señora una pizza hecha en casa, pero luego un temporal de lluvia y viento lo dejaría atascado en un camino de tierra devenido pantano.
Ayudar en las tareas
"Ibamos a cualquier hora, veíamos que se venía la tormenta, se largaba a llover y entonces dejábamos la ambulancia en un lugar y seguíamos caminando porque la huella se veía fulera. Yo llevaba un maletín, el estetoscopio, un tensiómetro y algo de medicación, no teníamos nada más.Nunca sabíamos a qué hora volvíamos al pueblo, porque muchas veces o nos quedábamos encajados en el barro o nos invitaban a comer. Nos regalaban lechones, huevos, dulces. Otras veces llegábamos por un aviso de urgencia y la señora, supuestamente grave y muy enferma, nos abría la puerta con un cigarrillo en la boca. Tuve también un paciente con arritmia, de alto riesgo, que no se quería internar hasta dejar los corrales ordenados, entonces fui con él, agrupó a los cerdos y recién después lo llevamos al Hospital de Rojas. El manejaba su camioneta. Es que la gente del campo no dimensionaba la gravedad del problema de salud, anteponían el trabajo, siempre."
No había farmacia
En la puerta de la sala ?mientras acaricia la cabeza a un nene que acaban de vacunar? recuerda que cuando llegó al pueblo no había farmacia y que estuvo atento a la enfermedad conocida como el mal de los rastrojos, un síndrome transmitido por un roedor ?conocido popularmente como la laucha del maíz o ratón maicero?, que castigó a los trabajadores rurales del noroeste de la provincia de Buenos Aires en los años '50 y '60, pero que luego desapareció. Ahora está atento a las alergias o problemas respiratorios que puedan aparecer por los agroquímicos y herbicidas que utilizan en la zona. El médico asegura que "se está ducho" cuando las enfermedades son frecuentes, pero que las cosas se ponen feas cuando aparecen síntomas que confunden.

"Muchas veces los diagnósticos no son de libros. Si así fuera, seríamos todos muy buenos, pero las enfermedades fueron cambiando. Yo acá siempre estuve solo, no podía hacer ninguna consulta, no tenía los aparatos, tenía que volver a mis libros y me pasaba noches enteras leyendo en mi escritorio, luego volvía a ver al paciente, para evaluar si podía haber otro diagnóstico. He confiado siempre en mi ojo clínico ?suspende el relato y agrega sonriente? no me ha ido mal."
Todos consultan
Así como un hombre de campo mira cómo las nubes se recortan en el cielo para saber si va a dejar de llover, Fernández Olaechea puso al margen ?no tuvo opción? la tecnología de punta y apostó a la mirada, a la calidez humana, al diálogo. Con el tiempo, sus pacientes empezaron a tener médicos especialistas en Junín o Rojas, las ciudades cercanas, pero, asegura, "todos vuelven a preguntarme si me parece bien".

El médico tiene otras zonas rurales asignadas y va a las localidades en la camioneta F100 modelo '83, que aún conserva en buen estado; los vecinos se acercan al consultorio o él va a los domicilios y los atiende. Según Ariel Gallardo, el delegado municipal de Rafael Obligado, en la zona rural viven unas 30 familias y varias disponen de vehículos o recursos para poder acercarse al centro sanitario. Los médicos rurales son hoy una especie en extinción: el éxodo del campo a la ciudad, la mejora en las comunicaciones, rutas y caminos han reducido el trabajo de aquellos profesionales de la salud dedicados a la atención de poblaciones aisladas y las nuevas herramientas con tecnología de avanzada seducen al médico recién graduado, que buscará perfeccionarse en las grandes ciudades.
"¿Cómo imagino mi vida cuando me jubile? Me imagino descansando, atendiendo el consultorio que tengo en mi casa, y viniendo para la salita a ayudar a hacer alguna que otra sutura". Fuente: (Clarín).-

Comentá la nota

IMPORTANTE: Los comentarios publicados son exclusiva responsabilidad de sus autores.
ELONCE se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes, discriminadores o contrarios a las leyes de la República Argentina.

Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación...

Comentarios

El comentario no será publicado ya que no encuadra dentro de las normas de participación de publicación preestablecidas.

NOTICIAS DESTACADAS