Policiales Para quedarse con su casa

"Se me fue la mano", dijo acusado de matar y descuartizar a una docente jubilada

Un año y medio después de su arresto, Marcelo Fernández admitió haber cometido el crimen de María Isabel Ruglio en Rosario. Desligó a su esposa española, también acusada, e involucró a un tercero como quien desmembró el cuerpo.
La detención de Marcelo Fernández y su esposa Josefa en marzo de 2020.
Foto: La detención de Marcelo Fernández y su esposa Josefa en marzo de 2020.
Crédito: La Capital
Primero aparecieron las partes del cuerpo flotando como una incógnita sobre el arroyo Saladillo. Al mes se estableció que ese cadáver trozado en siete partes pertenecía a María Isabel Ruglio, una docente jubilada de 73 años que vivió toda su vida en Uriburu al 500. Entonces la policía fue a su casa y detuvo un matrimonio que vivía con ella y atendía una verdulería en el frente. Un año y seis meses más tarde, cuando la pareja espera un juicio oral con pedido de prisión perpetua, el acusado Marcelo Alberto Fernández pidió hablar ante un juez. “Yo esa noche estaba muy borracho. Empezó una discusión, ella agarró un cuchillo. Yo la agarré del cuello y se me fue la mano. Nunca la quise matar”, confesó en una audiencia sobre un caso en el que el misterio parece aclararse en etapas.

“Nunca quise hacer nada, nunca quise quedarme con la casa ni nada de eso”, expresó entre frases entrecortadas y por momentos inaudibles ante el fiscal Adrián Spelta y el juez Gustavo Pérez de Urrechu. Fue en una audiencia presenciada por familiares de la víctima en el Centro de Justicia Penal. En el mismo acto desligó a su esposa, una española que también está presa, de quien dijo que nunca estuvo al tanto de lo ocurrido. Y confió que contó con la ayuda de un tercero que se ocupó de descuartizar a la víctima y hacerla desaparecer a cambio de un departamento de su propiedad.
Es la primera vez que el detenido, de 44 años, declara sobre el caso. Dijo que no quiso hacerlo antes porque no se sentía cómodo al hablar por zoom o por videoconferencia. Lo ocurrido puertas adentro de la vivienda de Uriburu 522 era un misterio: la autopsia no pudo determinar la causa de la muerte pero sí que los seis cortes que partieron al cuerpo en siete partes fueron post mortem, algo que no es considerado delito. En la audiencia también declaró la española Josefa Richarte Carrasco, de 58 años, quien en aquel entonces denunció en una comisaría la desaparición de “Marisa”, como llamaban a la víctima. Una vez más, sostuvo que no estuvo en la casa al momento del crimen y que recién se enteró de lo sucedido cuando la llevaron presa.

Las declaraciones se produjeron a pedido de los imputados, cuando la causa se encamina a juicio oral con ambos acusados como coautores funcionales de un homicidio calificado por “codicia”, a fin de quedarse con la vivienda de la víctima. Sobre ellos pesa un pedido de prisión perpetua. Los defensores públicos Francisco Broglia, por Josefa, y Marianela Di Ponte, por Fernández, adelantaron que pedirán libertades o cambios en los plazos de detención en una audiencia a realizarse en los próximos quince días. La Fiscalía analiza los pasos a seguir.

La sórdida historia salió a la luz cuando el 10 de febrero de 2020 pescadores del Saladillo sacaron del agua el brazo de una persona a la altura del Parque Regional Sur. Avisaron a las autoridades y un rastrillaje de agentes de Prefectura permitió completar en 72 horas el cadáver de una mujer desmembrado en siete partes envueltas en bolsas de consorcio. El cuerpo permaneció sin identificarse hasta que, un mes mas tarde, una prima de Ruglio se comunicó con la policía desde Santa Fe y expresó sus temores de que el cuerpo fuera el de la docente. La pareja que convivía con la víctima fue detenida esa misma noche del miércoles 4 de marzo.
Se estableció entonces que se trataba de “Marisa”, a quien desde su infancia y en el ámbito de la docencia conocían como “Tití”. Había sido directora de la Escuela de Educación Técnica Nº 649 “Libertador General José de San Martín”. Divorciada, madre de dos hijos y con problemas depresivos, vivía en una casa ubicada a cien metros del Distrito Sur. Cuatro meses antes había iniciado relación con Josefa, quien atendía un quiosco ubicado a pocos metros de su casa y a quien en el barrio conocían como “Pepa”.

Las mujeres habían entablado una relación de amistad. “Pepa” le dijo que junto a su pareja esperaban cobrar una indemnización por un accidente en moto y que tenían un departamento en el barrio de La Carne a la venta. Entonces, de palabra, coordinaron que una vez que eso se concretara Ruglio les vendería su casa. Mientras tanto, la pareja se fue a vivir a la casa de Ruglio, quien había sido operada de la columna en diciembre. En septiembre, mientras vivían con ella, Pepa y Bebu se habían casado, con la docente como testigo de la unión.
“Estaban ahí y a la mujer le pagaban con lo que ganaban en la verdulería que pusieron en el garaje de la casa. Es más, María Isabel colaboraba con ellos y les había regalado cosas para que montaran el negocio”, relató un muchacho del barrio cuando la trama salió a la luz.

Los propios Pepa y Bebu denunciaron la desaparición de la víctima el 7 de febrero en la comisaría 15ª. Más adelante una prima de María Isabel que vive en Santa Fe contactó a los investigadores al no tener noticias de ella y fue entonces que los perros rastreadores condujeron a una pileta del fondo de la casa donde se hallaron rastros de sangre.
Al enviar a juicio al matrimonio, Spelta situó el crimen entre “el 5 y 7 de febrero” y los acusó de haber desmembrado el cuerpo en siete partes _“su cabeza, sus dos brazos, sus dos piernas y el torso en dos partes”_, con la presunción de que lo trozaron con una amoladora y lo trasladaron unas 35 cuadras hasta el arroyo en un carrito para el transporte de verduras.
“Yo esa noche estaba muy borracho”, comenzó ayer su entrecortado relato Fernández, quien situó el horario exacto del crimen a las 2 de la madrugada del 8 de febrero. Una noche en la que Pepa estaba ausente porque cuidaba a un anciano. Estas obligaciones de Pepa al parecer habían ocasionado enojos y reclamos por parte de la víctima, lo que abrió un conflicto en la relación de la pareja con la docente.

“Había tomado una decisión: me estaba por ir de la casa, tenía todo preparado para irme _prosiguió Fernández_. Empezó una discusión con esta mujer, empezó a discutir porque quería que me vaya. Nos íbamos a ir de todas maneras. Empezamos a discutir y ella agarró un cuchillo largo así. Yo la agarré borracho, la agarré del cuello y se me fue la mano. Nunca la quise matar, nunca quise hacer nada, nunca quise quedarme con la casa ni nada de eso. Ella me quería prestar plata, me quería prestar una moto y yo nunca quería”.

Según relató, “a la 1.30 comenzó la discusión con la señora Ruglio”, quien según dijo solía quedarse despierta hasta esa hora. Sostuvo que el encontronazo fue en el departamento que alquilaban con Pepa en la parte de atrás, concretamente entre una heladera y una puerta que da al patio, frente a una escalera. Fernández dijo que primero pensó que estaba “desmayada” pero luego se dio cuenta de que había fallecido porque “no reaccionaba”.

Entonces, dijo, casualmente pasó por su casa un remisero conocido de su familia que solía visitarlo y que se detuvo allí al ver luces encendidas. El le contó lo que había pasado. “Yo me deshago del cuerpo”, dijo que le propuso el remisero, pero a cambio le pidió que le entregara un departamento de la calle Ituzaingó que había pertenecido a la madre del acusado. En ese mismo momento le entregó la llave.
Fernández dijo que no presenció el desmembramiento de cuerpo porque se quedó “dormido”. Pero negó que las manchas de sangre en el sector de la pileta en desuso pertenecieran a la víctima: afirmó que correspondían a una paloma cazada por alguno de los siete gatos que criaba. “Puede haber existido sangre en otra parte”, concedió, aunque negó haber visto el momento en el que su amigo retiraba el cuerpo o si lo trasladó en un auto. El fiscal le preguntó si encontró rastros al despertar. “No. Había llovido”, replicó.

“El se encargó de todo eso. De cómo sacar el cuerpo. Me hace mal hablar de eso”, respondió a las preguntas, y sólo precisó que el cadáver fue trozado con una cuchilla con cabo de madera. Sobre Josefa, aclaró que regresó alrededor de las 10 de la mañana siguiente. Dijo que estuvo muy nervioso pero a ella nunca le confió lo que había pasado. Además aseguró que nunca volvió a ver al remisero que se encargó de ocultar el crimen ni a conversar siquiera por teléfono. “Sé que me equivoqué”, admitió en un tramo de su declaración.

Luego fue el turno de Josefa, quien en dos ocasiones anteriores declaró no haber estado al tanto de lo ocurrido. Según un planteo de su defensa la mujer sufría violencia de género de parte de su pareja, situación que se acreditó con denuncias presentadas durante un tiempo en que convivieron en España. “No les puedo aportar nada, no vi nada _reiteró esta vez Pepa ante el juez_. Estaba preocupada por ella y en un principio pensé que se había ido a Santa Fe”.
También relató que la relación con “Marisa” estaba tensa, al punto de que habían comenzado a embalar cosas para dejar el departamento “porque ella no lo aguantaba Fernández, a Fernández no lo aguanta nadie”, dijo refiriéndose a su esposo siempre por el apellido. “Pasaron los días y no aparecía. Pasaban los días pero nadie la había visto. Yo fui a hablar a la policía. La policía me preguntaba a mí cuándo había desaparecido y yo les decía: nunca la vi salir. No sé de qué forma iba vestida”.

“Yo sabía que en la casa no estaba porque Marisa vivía con el aire acondicionado y las luces prendidas. Y no se me dio de entrar hasta que el sumariante me dijo que entrara y agarrara el teléfono para llamar a a la familia y comunicarle que ella no estaba. Me decían que a la denuncia yo no podía ponerla porque no era familia directa. Con el transcurrir de los días vi a Fernández más nervioso. No quería encararlo porque tampoco sabía lo que había pasado”, amplió la mujer. Precisó que llegó de trabajar en un taxi a las 11 de la mañana y al preguntar por una mancha de sangre su esposo le respondió que se había cortado un dedo afilando un cuchillo.

Sobre el remisero, dijo que era un antiguo amigo de Fernández que solía visitarlos pero que “de buenas a primeras desapareció” y ya no volvió a verlo. “Usted tenga en cuenta que yo no conozco el barrio. No conozco Rosario. Llevaba muy poco tiempo. Fui a la policía, fui al centro cívico donde hay una parte que toman denuncias. Yo le pedía a la policía que hicieran un allanamiento en la casa. Yo no sé por qué, yo sabía que en la casa estaba la respuesta”, planteó, y detalló que había “mucha sangre en el suelo”, sobre todo “en la parte donde estaba la frutería”. Fuente: (LaCapital)

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